domingo, 22 de febrero de 2009

Plegarias Escuchadas

La mañana del 25 de agosto de 1984, me desperté muy temprano. Tuve que luchar con el camisón para salir de la cama. Dos días atrás Capote me lo había traído de regalo. Había subido las escalinatas de mi casa en Los Ángeles llevando la caja delante de sí, con una gran sonrisa, como quien lleva una bandeja en la que ofrece un bocadillo exquisito. Había insistido para que mirase el contenido aún antes de sentarse siquiera. Lo conocía lo suficiente para no intentar disuadirlo, así que abrí el paquete. Se había servido un Martini aunque todavía no daban las once. Se había echado en su sillón predilecto, un Rococo Revival. Se había quitado el sombrero, apoyándolo en el asiento junto a él, sin soltarlo del todo, repasando la forma, demorándose en la hendidura de la copa. Me había pedido que sujetara la prenda sobre mi cuerpo, cayendo desde los hombros, me había indicado que girara, que lo hiciera más rápido. Había celebrado el movimiento encantador del género, leve, ondulando en el aire.
—Tenés que estrenarlo hoy mismo —dijo. Luego se levantó y pasó el resto de la mañana y gran parte de la tarde en su cuarto. Esa noche nos emborrachamos.
Así fue como llegué a estar enredada en varios metros de muselina plisada en pliegues muy finos, tratando de salirme de la cama a las siete quince. Pensé que sería divertido desayunar en el parque antes de que el sol fuera demasiado fuerte y así lo dispuse al ama de llaves. Pensé también que probablemente yo era la última amiga que le quedaba a Truman. Nunca le habían perdonado la publicación de aquellos capítulos de Plegarias escuchadas, pero ¡al diablo!, qué tenía que hacer un tipo como él, un magnífico escritor como él, organizando bailes de fantasía exclusivos para hipócritas. Sí; yo era la única amiga que le había quedado, salvo Tennessee, ese borracho, no sé qué le vía Truman, y Marilyn, claro, pobrecita Marilyn, seguro que ella se habría quedado a su lado.
No. Él no los perdió a ellos; ellos lo perdieron a él. Yo se lo dije entonces y se lo repetí ayer. Hacía calor, estábamos en la sala, él tirado sobre el Rococo Revival; menudo, enjuto, perdido en los tres cuerpos del Rococo Revival, con un vaso de wiski pegado a esa mano de dedos huesudos que movía formando círculos y que pendía del brazo que colgaba fuera del sillón, como una rama seca. Le había dicho que ellos lo perdieron a él y él no me había contestado nada, había dejado el vaso sobre la mesa, detesto que haga eso, detesto que apoye los vasos sobre la mesa de Johnny; me había preguntado por él un rato antes, Carson lo había llamado, era el único que llamaba de ese modo a Johnny. Me acerqué y retiré el vaso. Repasé con el puño del vestido la superficie de caoba rubia.
Él cruzó los brazos sobre el pecho y comenzó a lamentarse por la muerte de Tennesse.
—No podía ser de otra forma —dijo. Otra vez pensaba en Tennesse, ese borracho, mirá que atragantarse hasta morir con el corcho de una botella —, pero obtuvo la recompensa —agregó, obviamente haciendo referencia al Pulitzer.
—¡Esa puta obsesión, Truman! —grité—, después de veinte años, todavía el Pulitzer, A sangre fría no lo necesitó entonces, según puedo recordar.
—Me han ofrecido un millón como adelanto por Plegarias —me miró, tenía en la boca esa media sonrisa plana, ese gesto suyo entre cautivante y macabro; esa trampa para pájaros.
—Eso es maravilloso Truman —me acerqué y me agaché hasta que mi cara quedó a la altura de la suya.
—Es contra entrega del manuscrito completo —dijo y giró la cabeza para mirar al techo; la trampa para pájaros se le agrandó en la cara.
Truman había cobrado adelantos por Plegarias en dos oportunidades, en 1966 y 1969, el primero fue de 25000. Billetes ahogados en alcohol, enterrados en coca, frotados en los culos de cuanto pendejo carilindo se le paraba en frente con cara de admiración, y vaya uno a saber en cuántas porquerías más. De todas formas esa era la vida que él elegía. Por otro lado, también en el sesenta y seis, A Sangre fría se había vendido más que cualquier otro libro. Estuvo en la lista de best-sellers del New York Times durante 37 semanas, Truman estaba fascinado, extasiado ante su éxito. Durante ese año, él parecía estar en todas partes al mismo tiempo, en revistas, programas de TV, yates y en las mismas casas ilustres a las que a hora no podía entrar.
—¿Ya la terminaste?
—La tengo toda acá —dijo, tocándose la frente —, completa. Completa —repitió.
Después de aquel “Baile en Blanco y Negro”, que todavía se recuerda, aunque no esté permitido hablar de ello, sus amigos comenzamos a pensar que Truman necesitaba un respiro. Por aquel entonces todos querían conocerlo, se disputaban su presencia y festejaban la afilada crueldad de su lengua. Fue por aquellos años que su relación con Dunphy comenzó a declinar, cuando le entró a dar más de la cuenta al alcohol y a las drogas. Dunphy se cansó de sus excesos no sin antes disfrutar de un par de vueltas al globo a costillas suya, y comenzó tomar distancia como quien no quiere la cosa hasta desaparecer. Maldito cretino, al fin y al cabo él también lo abandonó.
—Un millón es mucho dinero Truman. Cuándo tenés que entregar la novela.
—En 1981 —dijo y volvió a extender la trampa ante mi cara.
—De eso hace tres años.
—¿A sí?, no me había dado cuenta… cariño.

Pero volvamos a mi caminata por el pasillo hacia la habitación que ocupaba Truman. Caminé envuelta en la nube de tela, leve, de mi camisón. Al llegar a la puerta llamé golpeando con la palma de la mano. Truman no respondió así que usé los nudillos, —Maldito drogón, seguro te zampaste media docena de pastillas —reproché en voz alta —te he visto mirarlas como si fueran piedras preciosas. La puta madre Truman. Contestame. Algún día te encontrarán…—abrí la puerta —…muerto.
Truman se alimentó más de la cuenta del dinero y la fama conseguidos con A Sangre Fría. La novela le llevó cuatro años de investigación y dos de espera, hasta que los asesinos fueron ejecutados. Presenciar aquella ejecución para terminarla era innecesario, pero él estaba convencido de que debía hacerlo de ese modo. Después llegaron los críticos y le negaron el Pultizer porque su libro se vendía demasiado. Después desbarrancó.
—¿Truman? ¡Maldito! ¿Qué tomaste?
—Estoy cansado Joanne, dejame dormir un rato más, cariño.
—Qué tomaste Truman.
—Nada cariño, sólo lo que me recetaron, sólo eso… cariño.
—No te ves nada bien. Voy a llamar a un médico.
—No quiero volver a pasar por eso otra vez... cariño. No más hospitales. Estoy sumamente cansado, cariño. Si te importo, no hagas nada. Dejame ir. Sé muy bien lo que hago.
—No tenés derecho a pedirme eso Truman.
—Toda mi vida supe que podía tomar un puñado de palabras y que al tirarlas al aire descenderían en el sitio apropiado. Ya no puedo hacerlo, cariño, no lo digas a nadie, ya no puedo hacerlo.

Después de “Baile en Blanco y Negro” Truman pasó varios años clasificando las cartas que guardaba y sus cuadernos llenos de conversaciones, de descripciones, de situaciones Repasó, leyó, seleccionó, reescribió. Fue en ese tiempo que comenzó a gestarse Plegarias Escuchadas, Truman, al igual que lo hizo cuando era niño usó aquellos cientos de registros, sólo que en aquel tiempo no le costaron más que un par de regaños. Él se rió mucho recordándolo cuando los comentarios sobre Mojave, el primer capítulo de Plegarias que apareció en Esquire, le costó los primeros amigos. J. M se lo dijo, J. M. Fox le advirtió que si publicaba aquellas historias estaría muerto, pero Truman lo descalificó.
—¿Es que esa gente se pensaba que me tenían para entretenerle? Soy un escritor, me sirvo de todo.
—Truman, Truman ¿De qué me hablás?
—Cariño, dame tu mano, cariño.
—Tenés el pulso agitado; dejame que.
—Le he escrito a Buddy, le he dicho que me siento triste —Buddy, así llamaba al que fue su amante; así lo habían llamado a él de niño.
—Hace años que ya no sos del tipo de Jack Dunphy, Truman. Deberías empezar a entenderlo.
—Siempre seré de su tipo…cariño —sonrió y la trampa para pájaros se extendió por todo lo ancho de la cara.
—Voy a llamar al médico.
—¿Qué tiene que hacer uno como culminación de un a vida desastrosa , cariño?
—No sé ¿Rezar?
—Es precisamente lo que hice anoche, cariño. —comenzó a balbucear, como si orase o recordara aquellos ruegos nocturnos —Pedro. Pedro. Heme aquí solo sumido en mi oscura locura con estas mil luciérnagas espectrales. La zigzagueante línea de mi reputación como escritor hace tiempo que descendió hasta el centro de la tierra. Monstruos Perfectos. Don y látigo que Dios me dio. Siento los nervios desquiciados, tal vez un par de gemas más, perlas, zafiros (Valium, Dolantin), rubíes, (Codaína), diamantes, (Tilenol). Estoy tan cansado. Sólo un mazo de naipes .Capítulos fuera de frecuencia. Jugar poker con apuestas altísimas. Textura. Aligerar tintas. Simple como un arroyo de campo. Potencial. Los sueños tienen el derecho a realizarse en la purificación de una mente que se despide.
—Maldito seas Truman, te estás muriendo.
—Todavía no, cariño. Pronto, pero no todavía. Fueron injustos, lo fueron ¿no es cierto cariño?
—Con Brando fuiste demasiado lejos.
—Al menos un par de veces durante cada encuentro le recordé que yo estaba allí para escribir un reportaje. Es verdad que me alimenté de su carne pero fue él quien me la puso en la boca —Marlon Brando, fue la primera víctima de Capote, él le confesó los dramas de su vida: el alcoholismo de su madre, que caminaba tras él, de rodillas, suplicándole que le hiciera el amor. También sus amores homosexuales
—¿Qué esperaban? Todos ellos, todos, luciérnagas espectrales, monstruos perfectos.
—¡Basta, Truman!
—Tenés razón cariño. Para qué, para qué.
La Côte Basque fue el último capítulo que apareció en Esquire. Prácticamente todos sus amigos lo condenaron al ostracismo. Capote había anunciado una novela que sería la radiografía de la sociedad, dijo que sería una variante de la novela de no ficción. La había comparado con En busca del Tiempo Perdido de Proust, pero la trampa sólo soltó una par de pájaros podridos.
—Maldito Truman, te lo dijimos, te lo dijimos. ¿Truman? —puse mi cara sobre la suya, tenía los ojos muy abiertos; fijos. Me sequé las lágrimas con la tela, leve, del camisón. Creo que no me veía.
—Estoy bien cariño. Pensaba en la tierna Sook con sus zapatillas gastadas.
—Esa vieja deschabetada de tu tía abuela ¡ja, que personaje!
—Creo que me estoy muriendo…cariño. Salgamos a buscar bellotas tía Sook. Después nos echaremos a oler el aroma de los pinos —tomé su mano; él se sostuvo de mis dedos como un niño. Truman pasó parte de su niñez en Alabama, abandonado por su madre, aislado, creo que eso fue lo que lo rompió y también lo que después lo construyó.
—Sissi, sissi, léenos tu cuento sissi. Sook quiso comprarme aquella bicicleta, vendió su camafeo, ella quiso comprármela.
—Sí Truman, sí, Sook quería comprártela —los muchachos solían burlarse de él, del timbre agudo de su voz, de sus amaneramientos. Lo llamaban sissi. Sissi ellos; maricas ellos, fracasados malditos, maldito Truman…no te mueras Truman.
—Estaba un poco loca Sook —por momentos me daba la impresión de que no sabía dónde estaba. De que no me reconocía. Al rato nuestra charla fluía.
—Contame de aquel día en que ganaste el concurso de cuentos, me encanta esa historia.
—¿Sabés que empecé a escribir a los ocho años, cariño?, entonces no sabía que me encadenaba de por vida a un amo despiadado. Me divertía muchísimo. Practicaba con mis lápices y papeles cuatro o cinco horas por día; si me preguntaban qué estaba haciendo, contestaba que mi escolares —en aquel tiempo Truman escribía acerca de lo que veía y escuchaba, siguió haciéndolo, claro que a eso todos los saben.
—Contame del concurso, dale.
—Gané el concurso, me dieron el premio, después me lo quitaron cuando se dieron cuenta de que era el registro de un chisme, el tipo se reconoció y se quejó y me quitaron el premio. Sook casi me mata —rió, una carcajadita agudísima. También reí. Me apoyé en el respaldo de la cama. Truman se recostó en mi pecho. Le acaricié el cabello.
—Perry…no hice lo suficiente por él.
—Hiciste lo que pudiste.
—No. Sé que no. Ahora creo que no.
—Perry era un asesino y estaba loco, vos lo sabés, lo sabías entonces. Él te manipulaba Truman, lo hacía —Truman entrevistó a Perry en varias ocasiones durante los cuatro años que tardó en escribir A Sangre Fría.
—Todavía guardo sus cartas suplicándome que lo salve de la horca —en los dos años que pasaron desde la sentencia hasta que lo ahorcaron, las cartas de Perry siguieron llegando. Se alzaron rumores sobre aquella relación de Truman. Algunos creyeron que él lograría que la ejecución se aplazara indefinidamente. Pero Truman no pensaba en Perry, pensaba que a su novela le faltaba el final.
—Perry y yo nos parecíamos.
—No seas idiota Truman.
—Nos parecíamos; fuimos dos niños solos —no lo contradije. Sentí que su cuerpo se sacudía levemente —. Mamá…mamá —susurró —. Mamá fue lo primero que escribí —agregó y su cuerpo se sacudió nuevamente.
—Conozco la leyenda Truman. Pero soy Joanne, no uno de tus fans.
—¿Fans, cariño?, ¿acaso todavía los tengo? —apenas podía escuchar lo decía.
—Siempre los tendrás Truman. Siempre. Podés apostar tus huevos.
—No llorés, cariño.
—No lloro viejo idiota ¿por qué habría de hacerlo?
—Ayudame, cariño.
—Llamaré al médico.
—No, no ayudame.

—Señorita Carson.
—Ya lo dije varias veces, oficial —interrumpí —y la verdad es que me estoy cansando. A las siete y media lo llamé, me dijo que estaba cansado, que lo dejara dormir. Salí a dar un paseo, después me encerré en mi cuarto a leer. A las doce treinta llamé a la puerta de su habitación y Truman no contestó. Entonces entré y lo encontré muerto.

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