domingo, 15 de marzo de 2009

El tiempo del vino

—Ha muerto.
—Salga, Gutiérrez.
—Ha muerto.
—¡No joda!
—¡Le digo que ha muerto!
Nula abandona los pies del lecho desde donde ha estado observando la respiración acompasada y leve del enfermo y se abalanza hacia la cabecera en tanto Gutiérrez camina en diagonal atravesando la habitación, se sienta con las piernas abiertas sobre la silla que de frente a la ventana da la espalda a la cama, y descansa los brazos sobre los muslos; las manos, los dedos, cuelgan confiados como ramas de sauces sobre las aguas de un río.
—Ha muerto —repite, calmo. El cielo es gris y los árboles manchas que el calor inmóvil del verano arroja sobre los ojos de Gutiérrez, que las reflejan.
—¡A ver! —Escalante ha apartado a Nula que absorto en la contemplación de los ojos cerrados, la boca entreabierta en un círculo minúsculo a través del cual hasta hace un minuto atrás silbaba el aire vital, ha permanecido agarrotado con una mano aferrada al respaldo de hierro de la cama blanca, de la que asoman aquellas manijas que giradas en uno u otro sentido permitían sentar o acostar al enfermo, elevarle un poco las piernas, acomodar la cabeza donde el cabello comienza a la altura de las orejas dejando que la frente descanse enorme, sobre las cejas enmarañadas.
—¡¿A ver qué?! ¡Ha muerto! —le dice Nula a Escalante en tanto pierde el equilibrio a causa del empujón, dando un par de pasos en falso y entrecortados, haciendo con los brazos un movimiento asincrónico de marioneta.
—Con la lluvia llegó el otoño y con el otoño el tiempo del vino —dice Marcos Rosemberg que lleva a Clara Rosemberg pegada a su espalda y leyendo por encima del hombro de su marido.
—¿Qué decís? —le pregunta Diana que hasta ese momento ha permanecido sentada junto al enfermo, viendo el último aliento como quien dice deslizarse fuera del cuerpo, a Gutiérrez salir huyendo, a su marido acercarse y agarrotarse aferrado al respaldo de hierro, y no ha hecho ni dicho nada cuando Escalante lo ha empujado haciéndolo trastabillar, limitándose a acariciar con el muñón la frente enorme del autor, pronunciando un “¿por qué sin mano?” que los demás no han podido escuchar, para luego sostenerse el brazo incompleto a la altura del pecho y fruncir los labios y mantenerlos apretados hacia adentro, como si se los hubiese tragado. La primera lágrima ha caído partiéndole la mejilla, dejando sobre la piel un rastro como de cicatriz; la segunda se ha deslizado desde el lagrimal hasta la nariz donde permanece como gota, temblando, hasta que ella la ha aspirado con una breve inhalación antes de soltar el muñón para pasarse la mano por la cara, limpiándose con rabia las que ahora se deslizan de sus ojos y fluyen sin que puedan distinguirse unas de otras, corriendo, rápidas, hasta el mentón.
—Lo que digo es lo que acá está escrito y ahora está muerto —contesta Marcos Rosemberg en dirección a Tomatis y se aparta de Clara con un movimiento brusco del hombro como si quisiera desembarazarse de un insecto que se le ha posado.
—Dame, a ver, dejame ver —dice Tomatis acercándose a las zancadas hasta donde Marcos Rosemberg permanece con la mirada en el cuaderno aunque ya no lee.
—¿Nada más? ¿Ese renglón nada más? —pregunta Nula que ya ha recuperado el equilibrio y se acerca a Marcos Rosemberg y a Tomatis, con las manos en los bolsillos.
—Buscá, buscá en los otros cuadernos —le ordena a Nula su mujer.
—Acá están —dice Nula, y Diana y Clara Rosemberg se acercan.
—Dame, dejame a mí —dice Clara, y Nula y Diana la miran abrir un cuaderno y luego otro y pasar rápidamente las hojas.
—Esperá, me parece que ahí hay algo —le dice Diana.
—No. Acá no hay nada —le dice Clara dejando el cuaderno abatido sobre el escritorio.
—Acá tampoco —agrega Tomatis que camina hacia ellos sacudiendo en el aire el cuaderno que le ha quitado a Marcos Rosemberg, y que sostenido por el espiral que une las hojas se abre en abanico a cada sacudón de Tomatis, emitiendo un ruido sordo como de lamento ante la muerte de Saer que permanece aún atrapado en su cuerpo inerte pero que, aunque sus personajes no pueden saberlo, los escucha discutir y caminar y revisar sus cuadernos y siente una especie de un pudor inexplicable.
—Busquen un cuaderno que diga Lunes río abajo —dice Escalante sin apartar la vista del autor.
—Y vos qué sabés —le dice Nula.
—Más que vos seguro. Buscá el cuaderno que dice Lunes, río abajo, te digo.
—A mí dame la notebook —pide Nula.
—En la notebook no debe haber nada —dice Escalante— él escribía en cuadernos y después dictaba. Se vé que sos nuevito vos, recién inventado, de esta novela nomás.
—Yo ya estuve antes en unos cuentos de Lugar para que sepás. Si no te hubieses mandado mudar fuera del mundo después de las muertes de Cicatrices, seguro te hubieras enterado.
—Vos no sabés nada pibe. Decile Tomatis, decile vos que estás desde el principio ¿Alguien sabe el título de esta novela?
—La Grande —contesta Tomatis absorto en la contemplación de la cara del autor—. Esta la primera vez que lo miro —murmura con el ceño fruncido y los ojos entrecerrados. El brazo derecho apoyado en el izquierdo que le cruza la cintura, la mano derecha cerrada en un puño que sostiene a la altura de la boca y la cabeza un tanto inclinada en una postura que de algún modo recuerda la del pensador.
—Ese cuaderno, Lunes, no está —dice por lo bajo Diana que se ha sentado a los pies de la cama y ve a Tomatis mirar absorto la cara del autor, los ojos cerrados del autor, la boca del autor entreabierta en un pequeño círculo donde el aire vital ya no se escucha silbar.
—Te dije que estaba escribiendo directamente en la notebook —dice Clara Rosemberg a su marido y enciende la computadora.
—Nunca escribió en computadora, buscá otra vez en los cuadernos. Dejame a mí —dice Tomatis y se aparta de la cama.
—¿Y ahora qué? —dice Nula y mira a Gutiérrez que sigue sentado frente a la ventana con los árboles que son manchas reflejándosele en los ojos.
—No sé —contesta Gutiérrez y gira la cabeza y las manchas desaparecen.
—Con la lluvia, llegó el otoño, y con el otoño, el tiempo del vino. No hay nada más —dice Carlos Tomatis.

Diana ha vuelto a sentarse junto a la cabecera de la cama. Clara y Marcos Rosemberg se han abrazado y ella llora con la mejilla apretada al pecho de él. Nula se acerca a su mujer y le pone una mano sobre el hombro y ella se la acaricia, primero rozándola y luego dándole golpecitos suaves con la superficie lisa y redonda del muñón, y Saer puede ver a Gutiérrez parado a los pies del lecho y a Escalante hacerse la señal de la cruz y murmurar lo que piensa ha de ser una oración para su alma.
—Saer le dijo a A.D. que terminaba con Moro vende.
—Qué decís Tomatis —pregunta Nula.
—Que la ha dicho a A.D. que la novela termina Moro vende.
—Lo que hay que hacer es encontrar sus cuadernos de notas —dice apartándose de Marcos, Clara Rosemberg y se aleja hacia el escritorio retorciéndose las manos —, siempre ha escrito resúmenes de los capítulos en sus cuadernos.
—No te gastés Clara, ya revisé y no hay nada, no hay síntesis de capítulos ni resúmenes del argumento, ni nada que sirva —dice Tomatis— habrá sentido que se moría sin terminarla y por eso se pasó a la computadora.
—Seguro que la tenía completa en la cabeza y no necesitaba notas ni resúmenes ni nada. Él trabajaba como lo que era; un poeta. —dice Escalante y se inclina sobre la cara de Saer y le besa los ojos.
—¡Qué hacés! —le dice Gutiérrez.
—Para darles la luz —contesta Escalante.
—A vos el vino te pudrió el cerebro.
—Yo soy jugador, no borracho.
—Dejálo Gutiérrez, no te la agarrés con él —dice Tomatis, y agrega—. Pensemos. Si termina Moro vende entonces cabría suponer.
—A eso lo decís vos —dice Gutiérrez.
—Si termina Moro vende —repite Tomatis— cabría suponer que después del alegrón que recordó Gutierrez al despertar el domingo, antes del asado en que nos encontramos todos menos éste —dice señalando a Escalante.
—¿Qué pasa conmigo? —pregunta Moro que acaba de, como quien dice, corporizarse.
—¿Qué alegrón? —pregunta Nula.
—Nada, taradeces de éste —dice Gutiérrez echando una mirada de látigo sobre la sonrisa amplia de Tomatis que recuerda la primera frase del capítulo seis, “¡Los dos primeros sin sacarla!”, y sigue sonriendo hasta que a Gutiérrez no le queda otra y lo hace también.
—¿Qué pasa conmigo? —insiste Moro y Nula le cuenta, cortito y rápido, que el autor ha muerto y que los cuadernos no adelantan nada del último capítulo y que Tomatis dice que el autor le ha dicho a A.D. que La Grande, que así se llama la novela, termina Moro vende, y Moro dice “Si hay que vender yo vendo”, y Nula le hace una seña para que lo deje escuchar lo que dice Tomatis que ha seguido hablando como si nada, como si no hubiese visto aparecer a Moro ni lo hubiese escuchado preguntar ni hubiese visto a Nula dando explicaciones y pidiéndole después que se callara.
—Pasado entonces el alegrón, y como Gutiérrez es muy limpito, después de la toilette, los preparativos para el asado y el asado mismo cargado con ese tufillo que se percibe entre Leonor que, abriendo paréntesis, es o mejor dicho fue la causa del alegrón, ahora recuerdo de alegrón, cuya consecuencia mediata ha sido Lucía, decía ese tufillo que se percibe ente los tres.
—Qué decís Tomatis —interrumpe Escalante.
—Dice que Lucía es hija de Gutiérrez —contesta Nula, que atando cabos recuerda que en el capítulo uno de la novela, Gutiérrez se lo ha dicho y él no le ha creído ni medio y se había indignado por pensar que lo había tomado de tonto y así se lo había dicho esa tardecita a Soldi y a Gabriela Barco en el barcito Amigos del vino, y Soldi había bajado los ojos y le había dicho que parecía que eso era así nomás, que mejor se buscara otra causa para su indignación.
—Lo que yo no veo es qué tienen que ver mis cosas con Moro vende.
—Parece que va para largo el asunto —dice Escalante y saca una par de salamines de los que vende Nula y se va para el escritorio para empezar a contarlos seguido por Clara Rosemberg.
—¿No te parece que la situación no da para picaditas?
—Tengo hambre. Si no vas a picar andá a joder a otro lado, Clara.
—Sergio tienen razón Clara, que no comer, o no dormir, o reírse si viene al caso, no tiene nada que ver con los sentimientos.
—Pero el autor está ahí todavía.
—¿Acaso no reparten mixtos de jamón y queso en los velorios? —dice Sergio Escalante y le pone a Clara una rodaja de salamín frente a la nariz y Clara se la mete en la boca rozándole los dedos con los dientes como si también fuera a comérselos, y dice, “Está bueno. Gracias”.
—Suponiendo que Leonor y vos —continuaba Tomatis— se diesen una segunda oportunidad, ahora que para eso no habría que sacrificar a nadie, tal vez Santa Fe no fuera el mejor lugar, sobre todo si quieren blanquear a Lucía como hija de ustedes, digo que por la memoria del incorruptiblemente bueno de Calcagno, tal vez sería mejor que se las tomaran juntos.
—Pará Tomatis, que a mí Saer me acaba de traer al país o mejor dicho llevar si pensamos que, después de todo estamos en Francia. En qué cabeza cabe que me mande para Europa o me traiga para Europa, como sea, que vos me entendés; además yo no me voy o no me vengo nada, ahora que me encontré con mi hija. Si lo pensás mejor, tratándose de Saer y suponiendo que lo que decís fuera cierto, Moro vende puede ser cualquier cosa, puede ser un cartel que ve Nula mientras reparte vinos.
—Gutiérrez, viejo, al fin se te cayó de la boca esa prosa culta con la que volviste —dice Tomatis riéndose, y antes de continuar, escucha la protesta de Nula que trata de parecer ofendido, aunque sin demasiada convicción. “Yo no soy repartidor, soy comerciante en vinos”, le escucha decir y a Escalante contestarle “¡Dejate de joder, Nula!, y al otro retrucar ahí nomás “¿Y por qué no habría de vender Escalante y tomárselas por ahí y ponerse a jugar hasta las medias de la mujer?”
—Yo ya no juego, pibe —contesta Sergio Escalante —, no como antes —agrega bajando la voz y pensando en las partidas de cartas en El Amarillo.
—Más respeto con el doctor —dice Gutiérrez— que el hombre llegó a la pantalla grande.
—De eso hace más de veinte años y quién se acuerda —dice Escalante.
—De eso hablo, de los años —murmura Gutiérrez.
—¿Y? ¿Vendo o no vendo? —pregunta Moro.
—Si acá hay un famoso ese soy yo —dice Tomatis y se ríe y señala su hombro sobre el que se ha apoyado Saer, libre del cuerpo inerte donde el cáncer se ha quedado solo.

Moro vende, habría dicho Saer, y reído también.

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