domingo, 5 de diciembre de 2010

El cumpleaños



“El cielo nublado en el que no son visibles desde hace días las estrellas ni la luna”
Juan José Saer; Lo Imborrable


El cielo nublado en el que no son visibles desde hace días las estrellas ni la luna; apenas, en las horas de la siesta, un resplandor tibio y pegajoso atraviesa la capa gris sin romperla, como un fantasma.
Ella ha vaciado el florero, las flores marchitas están tiradas sobre el pasto. Ni flores a los muertos se les puede dejar, piensa y lava el florero y lo vuelve a colocar vacío frente a la lápida sin fotografía; con un paño amarillo limpia el bronce de que están hechos los números, que unidos por la notación que los identifica como fecha señalan un rango exiguo de tiempo: 22/06/1993-18/05/1994. Limpia la puertecilla de vidrio que protege la lápida formando un nicho donde una araña teje impaciente haciendo vibrar las fibras de la tela que ella desarma de un manotazo antes de cerrarla y darle una vuelta de llave.
“El Pelado no anduvo se nota por las telas, ya no viene casi nunca, como yo que tampoco vengo nunca. Si no fuera por mamá que no se olvida ni me deja olvidar aunque sea un poco. Olvidarme un día. Un solo día sin acordarme”.
“Vos me quisiste ¿no es cierto?” “Sí que te quise” “¿Y a ella?” “Claro qué decís, cómo no la voy a querer”. “Vos estás con otra desde hace rato ¿no?” “No que voy a estar”. “A mí me dijo la Nely, que te vio”. “Estás loca vos. Ya te dije que no pude llegar por el corte en la ruta”. “El doctor dijo que todo había salido bien en la operación pero después nunca se despertó. Yo sé que fue la anestesia”. “Ya te hemos dicho que no, que le pasó eso que ya te explicaron en la cabeza, por eso no se despertó”. “Pero vos me quisiste ¿no?” “Ya te dije que sí” “¿Y a ella?” “A ella también”.

El cuidador del cementerio anda por los cincuenta y tantos aunque tan mal llevados por el alcohol que nadie le daría menos de setenta. Algunos dicen que dejó de tomar después que encontró el cajón del finado Morilla -que esperaba que le llegara el turno para la cremación- caído y dado vuelta en la morguera municipal. Otros que no, que qué va a dejar, que toma el doble que antes. El cajón de Morilla tenía la tapa partida al medio y el ataúd interior mostraba magulladuras en el metal, cosa que no sería de extrañar si no fuera porque las magulladuras habrían sido magulladuras si se las hubiese podido mirar desde adentro del cajón, porque miradas por fuera parecían chichones.
­­­­­—¿Señora, limpió bien el florero? Por el dengue ¿vio?
—Sí lo limpié bien.
—A lo mejor le gustan unas flores de plástico o de tela para la nena, no es lo mismo, pero, el dengue ¿vio?
—Sí; de plástico; cómo no se me ocurrió.
—Bueno no se aflija, la próxima se las trae al angelito.
—Sí la próxima.
—A mí también se me murió el hijo.
—Lo siento mucho.
—Lo chocó un camión en la ruta. Mire, ahí arriba está, en la quinta fila. Ya hace mucho, casi veinte años. Yo me acuerdo de su angelito, hace como…
—Once años.
—¿Tanto? Me parecía menos.
—Sí, parece ayer.
—Que le vaya bien, señora —pobre mujer piensa él y se persigna ante la lápida. Mejor no le digo que en la inundación a estos nichos de acá les entró el agua y estuvieron así como diez días. Para qué pobre mujer.

El cielo nublado en el que no son visibles desde hace días las estrellas ni la luna; el resplandor del sol calando las nubes. Después de acomodar la cartera en el canastillo de la bicicleta se sube y comienza un pedaleo que gana velocidad con cada vuelta que dan las ruedas. La calle Sarmiento se extiende angosta y caliente, aniquilada por los baches sobre los que se acumulan remiendos de brea que, desecha en grumos por el paso de los vehículos, se esparce por la calle. La bicicleta rueda monótona bajo el cielo pesado y cercano del otoño. Al atravesar el paso a nivel la bicicleta se sacude con movimientos espasmódicos, el asiento se le clava en las nalgas, en la vulva. La puta madre, dice entre dientes.
Al llegar a la altura de la plaza dobla a la izquierda sin detenerse. No ha visto al automovilista
—¿Sos ciega gorda?
—Andá a la concha de tu madre, pelotudo.
Pedalea dos cuadras más, hacia el oeste, hacia el río. Frena y se baja junto al cordón de la vereda. A la calle llega el sonido de la música que brota del interior de la casa. Otra vez este pibe, se me van a enojar los vecinos, piensa.
—¡Néeeestor, que es la siesta! ¡Bajá eso! Cuántas veces te dije —cuántas veces le dijo que a la siesta no, que cuando ocurre ese detenerse entre las una y las tres, ese flotar, ese coma en el que entra la gente de esta ciudad, siempre entre la una y las tres, tres y media, no ponga música; no perturbe a los muertos.
—¿A qué hora vienen tus amigas del gimnasio?
—A las ocho.
—Medio temprano.
—Sí, medio temprano.
—¿Compraste las cervezas?
—Ayer.
—¿Me trajiste Coca?
—Dos ¿Tu hermana ya llegó?
—Llamó del hospital, que se tiene que quedar un par de horas más, que hay una peste bárbara este año.
—Y...con este clima, como para que no haya peste.
—¿Mamá, puede venir Pamela a tu fiesta?
—Si vos querés.
—Por eso te pregunto.
—Bueno, pero después no me vengás con líos si ya la empezás a meter en la casa.
—Beso.
—Salí pavote.
—Beso.
—Salí, salí que hace calor.
—¡Ah!, llamó la abuela.
—Qué dice.
—Que si querés trae unas albondiguitas, que no le contestés que las trae, que si no se las comen se las lleva de vuelta, no sé para qué pregunta.
—Para joder.
Pasadas las cinco empezó a oscurecer con una oscuridad lilásea y silenciosa. Parece que se va a venir el mundo abajo, no se escucha a los pájaros, pensó y metió la mano desnuda en el balde empujando dentro el trapo para piso, lo sumergió varias veces en el agua perfumada con desinfectante, después lo sacó chorreando el líquido levemente teñido de verde, lo acomodó en el escurridor y se inclinó. Este piso de mierda parece siempre sucio, murmuró.
—¡Néeestor!, ¿le pediste los caballetes a tu padre?
—¡No grités!; sí y no sé por qué no se los pedís vos.
—Sabés que no me habla.
—Ustedes siempre nos meten a nosotros en el medio.
—Vos sabés que yo no tengo la culpa.
—Nosotros la tenemos entonces.
—No ustedes no la tienen. No peleemos, al menos hoy.
—Ya debe estar por venir, dijo que a las seis, más o menos a las seis, así que ya debe de estar al caer ¿Lo atendés vos entonces?
—Está bien, está bien, dejá que lo atiendo yo, andá, que ahora que me acuerdo a la mañana llamó Pamela y me dijo que fueras para su casa a las siesta.
—¿Y ahora me lo decís?
—Bueno che me olvidé, qué tanto lío, ya te dije, así que andá.

Giró el grifo a la izquierda. La ducha pareció toser hasta que finalmente el chorro disperso y tibio le cayó sobre el cuerpo. Se mojó la cabeza y fue soplando, escupiendo el agua que le entraba en la boca. Se jabonó el cabello y la cara. Después los senos y el vientre. Finalmente los muslos y la entrepierna. Se abrió los labios de la vulva, se acarició durante un rato con los ojos cerrados, con el agua tibia cayéndole entre los dedos, entre los pliegues de su sexo.
—¡Mamá, llegué!
—Ya voy me estoy bañando.
—Ya limpiaste qué bueno porque estoy muerta.
—¿Comiste?
—Unos mates con bizcochos. En el hospital no hubo tiempo para más. Estoy muerta de hambre.
—No toqués las tarteletas; hay milanesas frías del mediodía, comela en plato que en sánguche te engorda ¿Llueve?
—Todavía no.
—Me parece que mejor armo la mesa adentro. Tu padre vino en la camioneta a traerme los caballetes ¡Qué santo estará de guardia que da una mano! Hace como cien años que nos separamos y todavía no me habla. Entró, bajó las cosas y salió sin decir palabra. Yo sé que fui yo que me equivoqué, pero yo ya pagué ¿No te parece que ya pagué la cagada que le hice con El Pelado? Caro pagué.
—Ya te dije que en eso no me metás, son cosas de ustedes. Mirá, para mí que el tiempo aguanta, no está para largarse a llover.
—¿Vos decís?
—Sí, vamos a armarla en el patio bajo el techito y listo.

El cielo nublado en el que no son visibles desde hace días las estrellas ni la luna; la parra fundida con el negro del cielo cercano, la luz caliente del sol de noche donde los bichos se estrellan.
—Mamá golpean. Andá vos que estoy tendiendo la mesa.
—¡Estoy yendo! ¿Qué hacés Turco? No te esperaba.
—Feliz cumpleaños.
—Gracias
—¿Estás de joda?
—Algo así, vienen las chicas del gimnasio.
—Estás muy linda.
—Gracias.
—No, en serio que estás muy linda ¿No querés que salgamos el jueves?
—El jueves.
—Sí el jueves ¡Qué tiene!
—Nada. Que me hace gracia, el jueves es el día de los casados, me hace gracia lo bien que manejan las cosas con tu mujer.
—No la metás a la Sonia que no tienen nada que ver.
—Sí ya sé que no hay que tocar a la Sonia.
—¿Salís o no salís?
—No sé, lo pienso y te contesto. Te mando un mensajito. —Bueno, feliz cumple, al regalo te lo hago en vivo y en directo el jueves, no te olvidés ¡Eh!
—No, no me olvido.

El cielo nublado en el que no son visibles desde hace días las estrellas ni la luna; la música; la guitarra de Néstor; las risas de las chicas del gimnasio; las albondiguitas de Blanca; el feliz cumpleaños; las velitas de la torta; el deseo.
—Era hora que volvieras a festejar.
—Sí mamá.
—Yo te entiendo soy tu mamá, pero tenés otros hijos ¿Fuiste hoy?
—Sí.
—Te dije que quería acompañarte, a vos te hace mal ir sola. Sos más floja que yo; sos como tu padre.
—No te quise hinchar.
—¿Cómo está?
—¿Qué decís?
—No sé, ¿le rezaste?
—Un rato.
—¿Anduvo El Pelado?
—Me parece que no.
—Ni del aniversario de la muerte de la hija se acuerda ese.
—Ahora no mamá.
—Sí sí, ahora no pero…
—Ahora no mamá.
—Tenés razón. Mirá, mirá, la Guada prendió las velitas; dale, dale, soplá y pedí un deseo, dale, pedí que me salga rápido la jubilación.

El cielo nublado en el que no son visibles desde hace días las estrellas ni la luna; los truenos que comienzan a escucharse, encadenados y burbujeantes a lo lejos. La sonrisa de ella. El coro y las palmas de las chicas del gimnasio. El cumpleaños feliz. La sonrisa de ella, el deseo…

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