lunes, 16 de noviembre de 2009

La hebra invisible


“....juntamos palabras, palabras y palabras, esas de las que ya hablamos en otro lugar, un pronombre personal, un adverbio, un verbo, un adjetivo, y, por más que lo intentemos, por más que nos esforcemos, siempre, acabamos en el lado de fuera de los sentimientos que ingenuamente queríamos describir...”

José Saramago

“El hombre duplicado”

Caminaba, creo que no pensaba en nada, o tal vez si, tal vez, después de haber sepultado a Florencio, pensaba que el polvo del camino de ladrillos rojos que conducía hasta el estacionamiento, manchaba la punta de mis zapatos, casi espejados por el lustre que les había dado, siempre sin pensar, eso creo, antes de marchar, hace ya un par de horas, para mí, ahora que lo pienso, un par de lo que para mí son todavía horas, no así para él que ha muerto, de marchar, decía, sin pensar más que en el lustre de los zapatos, hacia su entierro. Caminaba entonces, viendo la punta de mis zapatos cuando Mateo, que aparentemente andaba sin que yo lo hubiese notado a mi lado, comenzó con uno de sus interminables monólogos: “Estaba en la esquina de Iriondo y Sarmiento, frente al Café del sol, ensimismado en la contemplación de las aguas, sabidamente barrosas, también fascinantes del río, que desde allí se divisa barranca abajo por detrás de la valla de troncos, cuando fui literalmente llevado por delante por nuestro colega, Florencio Román a quien, si bien conocía desde hacía tiempo y solíamos compartir algunas charlas más bien intrascendentes, me unía una relación que no podría decirse que fuera amistad sino más bien una camaradería más o menos respetable. Florencio salió del café probablemente perdido en los pensamientos que lo llevaron, un rato después, y en la misma mesa que había estado ocupando antes de toparnos en la puerta, a confesarme la historia que desde entonces, cada tanto, vuelve insistentemente a mi memoria, y que hoy, después de haber asistido a su muy concurrido funeral me atrevo a contarte, no me preguntes por qué, aunque sospecho que esta cercanía morbosa con la muerte, me ha hecho pensar en mi propia muerte, y hasta en la tuya, mientras te veía mirar la punta de tus zapatos. La muerte, su probable cercanía o acecho y la palabra, que es el único conjuro que ahora se me ocurre. Como dije, Florencio tropezó conmigo, a eso lo recuerdo claramente. Lo siguiente en mi memoria no puedo describirlo en imágenes, sino en tonos e inflexiones de su voz rasposa de fumador empedernido que me llegaba por sobre la mesa, trayéndome de a ratos el aroma de su cigarrillo alternado con el de su aliento ácido. Comenzó contándome con pelos y señales la evasión de trece reos, que el seis de enero de mil novecientos once se produjo en la Penitenciaría Nacional. Así supe, entre otros detalles, que quedaron en libertad los anarquistas Francisco Solano Regis, condenado a veinte años de presidio por tentativa de homicidio del ex presidente Figueroa Alcorta y un tal Planas Virella condenado a diez, por tentativa de homicidio del ex presidente Quintana. Puntillosamente detalló los nombres de los convictos evadidos, los números de registro que se les asignaron y el motivo de las condenas, datos que mi buena memoria y la conservación de las fotografías algo borrosas, tomadas de un periódico de la época, que Florencio desplegó de entre las hojas de un bloc de notas que cargaba en el bolsillo del saco, han dado en preservar casi intactos en mi mente, pero que reservaré por razones que quedarán en claro por sí mismas. Después de tan abrumadora y detallada ilustración, y sorprendentemente, cuando esperaba que solicitando confidencialidad, dijera que se trataba de una de sus investigaciones para el diario por las que por todos fue conocido, él detuvo su casi febril relato para pedir otro café, encendió el cuarto cigarrillo, según delataba el pequeño cenicero de vidrio que tenía frente a sí, y con la vista fija en algo detrás o más bien a través de mí, me interrogó acerca de si había conocido a Telma Darce. Contesté que yo también alguna que otra vez me había burlado infamemente de su renguera cuando niño, seguido de lo cual dijo: “entonces podés escuchar esta crónica”, que no es otra que la que hoy me atrevo a repetir a fin de contar con un cómplice que guarde, además de mí, la historia que Florencio no debió querer que muriera con él, cosa que ahora se me ocurre y da sentido a su comportamiento de aquel día, reservándome algunos detalles demasiado íntimos un poco por respeto, un poco por pudor. Te decía, que mirando a través de mí, parecía más que hablarme, dirigirse a un público que sólo él podía ver: “la inconfundible Telma Darce atravesó el patio del burdel”. Así comenzó, como quien recita un cuento que sabe de memoria, y continuó, como si hablara de otro y no de sí mismo, como si leyera el capítulo de una novela: “atravesó el patio del burdel, donde servía lavando sábanas que fregaba con desmedido esmero y recogiendo porquerías como ella misma decía. Lo atravesó con su andar bamboleante mascando algo que le endurecía el aliento. Con la mano izquierda se quitó un mechón encanecido que le enturbiaba la visión. Al llegar a la puerta bajó la cabeza, luego la abrió, para encontrarse ante los zapatos recién lustrados de Florencio Román”. Así dijo: “Florencio Román”, así che, como si nada, como si fuera lo más normal ese modo de referirse a sí mismo, después se prendió otro pucho que se consumió hasta el filtro en el cenicero mientras él continuó, siempre sin mirarme y en el mismo tono impersonal con que se relatan los hechos que no nos pertenecen: “sin hablarle lo condujo hasta su pieza, tuvo que atravesar el patio delantero donde comenzaban a escucharse a través de las ventanas iluminadas de las habitaciones que exhalaban el aroma de aquellas colonias que Florencio conocía bien (aunque siempre lo negaba), los preparativos para la noche de San Juan, en la que las pupilas elegían a un cliente para obsequiarle sus favores, sólo por esa noche, claro está. Telma caminaba delante de Florencio inclinándose hacia el lado derecho a cada paso, de no conocerla uno pensaría que caería al piso con cada grotesco bamboleo; pero a Telma la conocían todos en la ciudad, su andar la había hecho la burla de los niños, incluso él, Florencio, alguna vez se había divertido imitándola al verla cruzar por la vereda de enfrente de la casa de su padre, don Pedro Román, cosa que Telma acostumbraba a hacer con obsesiva puntualidad cada tarde, siempre a la hora en la que él, Florencio, era enviado al diario por el primer ejemplar del vespertino que la imprenta enviaba a don Pedro como muestra de respeto. Finalmente llegaron a un cuchitril penumbroso que olía a humedad vieja, aquerenciada con el lugar; a tabaco y a yerba rancia. Florencio dio dos pasos y ya estaba en medio del cuartucho, buscó donde sentarse, lo hizo en la única silla que estaba bajo una ventana miserable. Abrazaba su cuaderno de notas y cuidaba no rozar con los pantalones los muebles polvorientos. Telma sacudió un poco la cabeza, otra vez el mechón ceniciento le cubrió los ojos, volvió a quitárselo sin dejar de mascar. Florencio dudó un instante, luego se sentó, tieso. La silla se quejó con un ruido a paja que se quiebra. Telma encendió el calentador a querosen y colocó sobre él una pava invadida por la mugre. Revolvió la bombilla dentro del mate, le agregó una cucharadita de yerba y unas hojitas medio marchitas de menta, volvió a revolver, chupó y escupió un líquido negruzco en una palangana que tenía junto al calentador, todo sin dejar de mascar. Después sirvió el agua en el mate y se lo ofreció a Florencio en silencio. Un gato casi en los huesos salió de alguna parte y comenzó a dar vueltas en ocho alrededor de los pies de Telma que se había sentado sobre el catre de hierro un poco encorvada y con las piernas abiertas para poder dejar al alcance de la mano, sobre el piso de cemento, la pava. Florencio le devolvió el mate, también en silencio.

“¿Por dónde dejamos?”, ella se quitó algo de la boca y lo dejó en una mesita atiborrada de frasquitos asentados sobre una carpeta de punto cuya puntilla solía acariciar delicadamente con sus enormes dedos mientras hablaba. Florencio respondió sin consultar su cuaderno. “Me decía doña Telma que el Gringo Sosa se había refugiado en las islas de Colastiné sin un trozo de pan y que la cana no sabía para dónde rumbear”. “Y así era, después que encontraron al finado Donato acuchillado como cien veces, o más, ya no hubo cuerpo que les indicara el rumbo que tomó el Gringo después de fugarse de la Penitenciaría Nacional, donde lo habían registrado con cualquier nombre porque ni eso le supieron nunca con certeza al desgraciado, él me lo dijo y también me contó lo de la fuga. Lo de Gringo le vino por las descripciones de algunos que decían que lo habían visto. Era por el mil novecientos once, ¿en qué año estamos m´hijito?”. “Cincuenta y siete, doña Telma”, Florencio se removió en la silla e inspiró profundamente tratando de disimular su tedio. “Ajá, cincuenta y siete. Era el once, lo sé porque al año siguiente se vino la inundación, una inundación como no había visto otra, ni yo ni nadie de por acá y mire que estamos acostumbrados a lo berrinches del río, fue después que el agua barrió las islas que me vine pa el quilombo, q´iba ser m´hijo, q´iba a ser. Aquella noche el río sonaba como trueno yo estaba en el rancho con los dolores, sola estaba, sola con los sapos y las víboras que se metieron en el rancho huyendo del agua. Toda la noche duraron los dolores m´hijito, hasta que nació. Nació el hijo de la desgracia, el hijo del Gringo, que de gringo sólo tenía el apodo porque era un mestizo más negro que la noche. Yo creo, que después de las cuchilladas que me pusieron como me ve, m´hijo, como me ve, que casi pierdo la pierna, de acuchillarme y de desgraciarme, me dejó así, sin acercarse para ver si respiraba porque creyó que yo ya me había muerto. Y me había muerto nomás, porque después de aquella vez, que fue cuando conocí hombre, ya no fui cristiana ni mujer ni nada. Por eso en el quilombo solo sirvo p´la mugre; y por eso dejé al pibe, es que no pensaba, no pensaba que Dios me podía castigar. El desdichado nació con la madrugada, justo cuando el agua comenzaba a entrar, así que como pude, che, solita, me subí a la canoa que había atado al sauce que me hacía de sombra al rancho y me fui antes de que me llevara la corriente”. “Así que usted, doña Telma, asevera que el apodado el Gringo Sosa era uno de los trece que huyeron de la penitenciaría junto con Francisco Solano Regis, el condenado por el intento de asesinato de Figueroa Alcorta”. “Si m´hijito, ese Regis fue el que ideo lo del agujero al ladito de la muralla de la cárcel, figúrese que tapaban el hueco con tierra y unas plantas de violetas, quien le iba a sospechar al asunto, quien. Aunque yo sé, que los que estaban en el torreón de Juncal y Salguero la noche de la fuga les facilitaron la huida. Así me lo contó el Gringo mientras se engullía cuanto yo tenía en el rancho tomando a pico nomás de una damajuana que apestaba, m´hijo, apestaba”. “Mire doña Telma, su historia me resulta muy interesante para mi columna en el diario, pero si he de serle franco, va ser difícil lo que usted quiere, yo que usted pensaría, y pensaría bien, que su hijo no sobrevivió aquel día, de todas formas con los muchachos vamos a hacer lo que podamos para averiguar, pero mire, doña Telma, yo que usted ...” “¡Yo sé que sí! ¡Yo sé que el crío se salvó del río! Que la Beba, que en paz descanse, se lo llevó y lo dio a las autoridades porque ella ya tenía ocho m´hijito, ocho; y a usted lo mandé llamar para decirle lo que le he dicho, para que se sepa. Y lo busqué a usted para decirle, porque yo le quería pedir el perdón antes de morirme, que ya falta poco, porque a usted, m´hijito, a usted lo dejé con las víboras aquella madrugada, lo dejé con los bichos para que lo criaran ellos, de rencor ¿vio?, de rencor lo dejé. Q´iba a ser m´hijito, q´iba ser si usted era hijo del diablo”.

Florencio calló, me miró y yo entendí. Recogí de la mesa el bloc de notas y los recortes de las fotografías y guardé todo en el bolsillo interior de mi saco. Entonces él sonrió, después hizo un gesto como de querer llamar al mozo que yo detuve con un ademán negativo de mi mano y mi cabeza. Esa fue la última vez que lo vi, hasta hoy, quiero decir.

Habíamos llegado a la ciudad, Mateo bajó del automóvil y sin volverse se alejó en silencio. Yo me incliné y con el pañuelo que llevaba en el bolsillo del saco limpié el polvo rojo que cubría la punta de mis zapatos, cuando me incorporé, Mateo ya no se veía, entonces arranqué el automóvil y me alejé.

Nunca volvimos a hablar de aquello, la difusa idea, o más bien percepción de la propia muerte que de algún modo compartimos aquella tarde, fue la fibra que me ató a Florencio, a quien ahora no es ya Florencio más que en el recuerdo, también a Mateo y a sus monólogos insufribles, tejiendo esa malla que se forma anudada por la hebra invisible con que se cosen las vidas de unos con otros, a veces para siempre, otras, con la única y certera puntada de un hecho, que tuerce irremediablemente la dirección de nuestras vidas.

jueves, 5 de noviembre de 2009





Un adelanto de La Hebra Invisible que saldrá en diciembre:

“Estaba en la esquina de Iriondo y Sarmiento, frente al Café del sol, ensimismado en la contemplación de las aguas, sabidamente barrosas, también fascinantes del río, que desde allí se divisa barranca abajo por detrás de la valla de troncos, cuando fui literalmente llevado por delante por nuestro colega, Florencio Román ..."