domingo, 23 de mayo de 2010

QAWASQAR


10 de Diciembre de 1996

Patricia Esteban Nash

Yaganes 125, Ushuaia

Universidad Nacional del Litoral

Cátedra de Filosofía y Letras

Estimado profesor Pequod:

Esperando que al recibir esta carta se encuentre usted bien, le envío mis más cálidos saludos desde estos confines del país y también del mundo.

Le agradezco las noticias sobre nuestra universidad y especialmente las novedades que atañen a nuestra cátedra; ya ve usted que aún no he podido dejar usar el artículo posesivo: nuestra, a pesar de mis esfuerzos por hacerlo y sobre todo el de nuestros colegas porque lo haga.

He pasado un buen rato leyendo las anécdotas sobre el alumnado que le han dado cierta alegría a mi alma, si es que en ella aún puede caber alguna.

En cuanto a la detallada información sobre su aventura en The London Istitute, le envío mis más sinceras felicitaciones así como la muestra de toda la envidia de la que puedo ser capaz de soportar sin colapsar.

Ahora bien, querido amigo, respondiendo a su pregunta, quisiera contarle con todo detalle lo sucedido en su ausencia, ya que mucho temo que las versiones que atentamente habrán escuchado sus oídos, hayan sido poco favorables a mi persona.

Que Miguel había comenzado a olvidar palabras fue un hecho que al principio pasó inadvertido para todos, incluso para él.

Fue al día siguiente de dejarlo, a mi pesar y con cierto escepticismo, en el Sanatorio de la Merced, que por accidente tropecé con un manuscrito, compuesto por las notas que él había ido tomando durante su viaje, bosquejos geográficos y dibujos de animales desconocidos para mí. Sin nada más que poder hacer por él que no fuera mis diarias visitas, durante las que invariablemente permanecía ajeno, sentado frente a la ventana, siempre pendiente de algo que parecía estar fuera, algo que sólo él podía ver o tal vez oír, me dediqué a estudiar aquellos documentos creyendo que justamente allí, en sus notas y nunca acabada tesis, hallaría la clave de su paulatino e irreversible deterioro.

Comencé entonces el arduo trabajo de leer y ordenar la información. Fue haciéndolo que comprendí, que el menoscabo en la capacidad del habla de Miguel, había comenzado y era paralelo a la elaboración de la tesis para su doctorado. Las páginas de aquel documento que en un principio eran de lectura amena y fluida, fueron convirtiéndose en una maraña de datos inconexos. A las frases comenzaron a faltarles palabras hasta convertirse en un rompecabezas que se desintegraba ante mis ojos.

Aquel trabajo de reconstrucción se convirtió en una verdadera obsesión. He aquí el resultado de mi devaneo -así lo calificaron nuestros perspicaces colegas- que junto con aquel viaje tras sus pasos, o debería decir rastro, me costaron el puesto en la universidad.

Aquellos indígenas objeto del interés de Miguel y que motivaron su viaje, eran en su mayoría hombres que, literalmente, vivían en el mar sobre sus casa-embarcaciones y serían los descendientes directos de los primeros lemúridos o prosimios, como se los conoce hoy en día, es decir del antecesor mediato del hombre. Ellos habrían ocupado el perdido continente hundido de Lemuria o Atlántida del Sur como también se lo conoció, por sus particulares similitudes con el otro. Un nombre frecuentemente utilizado para Lemuria es MU, que deriva de la traducción de un códice maya, hecha en 1864 por el abate Brasseur, quien utilizó para esta finalidad un alfabeto redactado por el conquistador Diego De Landa. De hecho, la escritura maya era pictográfica, no fonética, y en consecuencia no tenía alfabeto. Lo que De Landa compiló en realidad fue un limitado conjunto de símbolos cuyos nombres, articulados, sonaban como algo parecido a la pronunciación dada por los españoles a las letras de su propio alfabeto. Pero fue Brasseur y no el conquistador quien descifró el códice, que contaba la historia de una catástrofe volcánica que terminó con el hundimiento de un país, cuyo nombre estaba indicado por dos símbolos recurrentes que se parecían a las letras de De Landa M y U.

Igual que la leyenda de la Atlántida, la de Lemuria tuvo alguien que la imaginó y la inventó, es decir un Platón, sólo que el Platón de Lemuria vivió en el siglo XIX y no fue filósofo sino zoólogo. Su nombre es Philip Lutley Sclater. En 1874, Sclater afirmó que en el Mesozoico, el continente de Lemuria ocupó una gran parte de lo que hoy es esa vasta extensión oceánica más allá del estrecho de Magallanes y que, si bien se hundió como su correspondiente contrapartida en el Atlántico, no quedó del todo sumergido.

Actualmente existe un resto de Lemuria, una isla entre el continente y la Antártida, donde se encontraron fósiles que no tienen nada o casi nada que ver con los hallados en su vecina Tierra del Fuego. En cambio habría sorprendentes paralelismos entre la fauna de Lemuria por una parte y especies animales muy antiguas de la India, de la región malayo-australiana y de la Selva Virgen Centroafricana por otra. Fueron estos animales que sirvieron de muestra a Sclater los que apadrinaron su continente fabuloso: los lemúridos, esas fantasmagóricas criaturas nocturnas con cara de zorro o de lechuza, es decir nuestros prosimios.

En otros tiempos vivió en Lemuria un prosimio del tamaño del chimpancé, incluso del gorila, de allí habrían emigrado a través de un puente de tierra al continente.

Se han encontrado fósiles de prosimios en los loess de nuestra pampa argentina, en Nuevo México, en las praderas norteamericanas, incluso en Francia y en Suiza. Hallazgos estos, que colaboraron al olvido de la teoría del continente perdido de Sclater, para dar crédito a la de Alfred Wegener sobre el corrimiento de las masas continentales, con lo que el cuento fantástico de Lemuria fue sustituido por la fantasía moderna de Gondwana.

Gondwana es, en realidad, una zona que aún hoy se supone, ocupó hace quinientos millones de años la mitad sur del globo terrestre. Así pues la Gondwana de la geología no sería otra que la Lemuria de Sclater pero ampliada, que incluía los actuales continentes de América del Sur, África, Asia de Sur, Australia y la Antártida. También se especula que existió una contrapartida de Gondwana en el norte: la tierra nórdica, llamada Laurasia (igual que la provincia canadiense) formada por el bloque norteamericano-europeo-siberiano.

Entre ambas, es decir entre Gondwana y Laurasia se encontraba el Teti, un imponente mar cerrado que separaba ambos continentes. En el lugar en el que más adelante éstos chocaron y según Wegener, lo hicieron porque se desplazaban como bloques de hielo sobre magma semilíquido de debajo de la corteza terrestre, se alzaron las cordilleras.

Según esta teoría las masas de tierra no sólo avanzaron sino que además, se quebraron, se rompieron, se desmoronaron. Primero se desprendió de Gondwana la Antártida y se alejó. Luego, en la época de los marsupiales, se desprendió el bloque australiano junto con los canguros, que si bien en un principio habitaron todo el continente, fue en la soledad australiana donde pudieron conservarse. Algo más tarde, a fines del terciario, que fue precisamente la época en que hicieron su aparición los prosimios, se desprendió Madagascar llevándose consigo sus reliquias zoológicas. En la época de los primeros roedores, de los mamíferos desdentados y de los primeros monos, hubo una importante rotura: Gondwana perdió la mitad sur de América y con ella los cobayos, lo perezosos, las zarigüeyas, los osos hormigueros y los monos capuchinos. Finalmente la India se separó de África y fue a anexionarse a las tierras de Laurasia donde, como dice la escuela de Wegener: “quedó enclavada haciendo que se elevara el Himalaya mientras África extendió unas antenas en dirección a Europa, actualmente conocidas como España, Italia y la península Báltica”.

Por otra parte, la aparición del Atlántico Norte indica que algo similar debió ocurrir con Laurasia.

He desarrollado con tanto detalle esta teoría ya que ella explica la aparición de fósiles de prosimios en las regiones que detallé previamente. Es decir que los lemúridos, hijos auténticos de la antigua Gondwana llegaran a Norteamérica pasando previamente por América del Sur y luego a Asia, cuando las tierras australes se unieron a las del norte por medio de un puente en Panamá y en el estrecho de Bering.

Como puede verse la historia de Gondwana va estrechamente unida a la de los primates, entre los cuales se encuentra el antecesor del hombre.

Hace unos cincuenta millones de años, a principios del terciario, en las junglas de Gondwana los insectívoros arcaicos fueron evolucionando hasta convertirse en los prosimios. Los prosimios fueron adquiriendo la aguda vista, la capacidad de fijarla y acomodarla que nos permite mirar por el microscopio y dirigir los ojos a las estrellas, la habilidad manual con la que construimos aparatos, escribimos libros y manipulamos el mundo, también desarrollaron el cerebro de primate, dividido en dos y lleno de surcos, con el cual concebimos ideas grandes, y, menos grandes.

En el siglo XVII, según pudo corroborar Miguel, el almirante francés Gastón Etienne de Flacourt, que se hallaba en una expedición de reconocimiento en los mares del sur, mencionó que desde su buque pudo divisar pequeñas islas que parecían moverse donde podían verse fogatas. Pero Flacourt no llegó a tomar contacto con aquellos particulares nómades marinos: los Qawasqar, sólo pudo corroborar, en una isla cercana, que además de los restos de unos diminutos makis enanos, había los de otras modalidades muy vistosas de esta familia: los prosimios más grandes, aquellos lemúridos gigantes cuyos huesos permanecen expuestos en el museo de ciencias naturales de Frankfurt, aunque nadie sabe a ciencia cierta como llegaron hasta allí, si bien existen datos que hacen suponer que el hallazgo se debe a Alfred Russel, compañero de lucha de Darwin, que habría naufragado en la zona a fines del 1800, según consta en Inglaterra” del platense Leopoldo Brizuela., donde el escritor da cuenta de la matanza que por poco elimina a la totalidad de los indígenas y produce su repliegue hasta el límite mismo del continente.

En aquella época, al ver uno de estos restos, los zoólogos no sólo no exclamaban en seguida completamente seguros la palabra prosimio, sino que ni siquiera pensaban en ella porque aún se tenía que inventar.

En los relatos de los indígenas de la zona, el animal en cuestión, recibe el nombre de qawasqar y sería, según sus creencias religiosas, la madre de todos los hombres que habitan la tierra.

Qawasqar, según el lingüista Frances Christos Clairis significa gente, nombre con el que él llamó luego tanto a la isla donde se encontraban los fósiles en cuestión, como a los nativos mismos.

Es decir entonces, que atendiendo tanto a la olvidada leyenda de Lemuria, como a la actualmente aceptada teoría del corrimiento de los continentes, sería Qawasqar la tierra donde se gestaron y desarrollaron para luego emigrar y expandirse sobre la superficie terrestre los antecesores mediatos del hombre actual, es decir nosotros. Y sería Qawasqar también el lugar donde actualmente se encontrarían los descendientes directos de aquel antecesor, o mejor dicho su evolución más directa, que no son otros que los nativos cuyo lenguaje desconocido llevó a Miguel a aventurarse hasta aquel inhóspito lugar en busca del material para realizar su tesis. Personas que en algún remoto tiempo perdieron su tierra, Lemuria y que viéndose obligados a adaptarse luego del hundimiento, comenzaron a vivir en sus canoas donde llevaban fogatas siempre encendidas para resistir las bajas temperaturas, según especulaciones que ya había realizado Magallanes cuando descubrió y cruzó el estrecho entre los dos océanos. Él llamó Tierra del Fuego a la zona precisamente por ellos.

Miguel pasó varias semanas entre los Qawasqar, encarando una verdadera aventura. No había medios de transporte, ni rutas tradicionales para llegar, así que en principio fue ayudado por la armada de Chile que lo llevó a Puerto Edén, lugar donde solían concentrarse. Aceptado por el grupo se dedicó a registrar su idioma, que al igual que ellos o mejor dicho junto con ellos, estaba en vías de extinción. Actualmente puede tenerse una idea de la vida de los Qawasqar repasando el film de Jacques Cousteau “La vida en el confín del mundo”, que sería el único registro, además de las notas y bosquejos que realizó Miguel, tanto de ellos como de sus antepasado lemúridos o prosimios, según se adhiera a la teoría de Lemuria o de Gondwana respectivamente.

En fin, desde el regreso de Miguel, tanto la lengua como los indígenas continuaron extinguiéndose, coincidentemente con su capacidad de expresarse y posterior desaparición que sigue sin aclararse y es sólo un caso más que quedó sin resolver en los archivos policiales.

Lo cierto es que Miguel estaba sentado frente a la ventana, como era su costumbre desde que lo internáramos, yo leía para él una nota sobre el advenimiento de la nueva lengua, el spanglish, cuando repentinamente volteó a mirarme y pronunció una palabra impenetrable para mí por entonces: Qawasqar. Inmediatamente salí de la habitación en busca del médico y cuando regresé, simplemente, él no estaba allí.

Seis meses después, en un artículo periodístico que trajera a mis manos uno de mis alumnos, leí acerca de la total extinción de los Qawasqar, constatada por el lingüista Frances Clairis, que habría recorrido la zona y decretado la muerte de la lengua junto con la del último sobreviviente que fue hallado en su canoa con la fogata aún encendida. Fue a partir de ese artículo y de la información que hallé -y en parte he trascripto- en el ensayo del naturista Herbert Wendt: “El descubrimiento de los animales”, que las notas de Miguel comenzaron a tener sentido para mí.

Hoy se estima que en todo el mundo los seres humanos hablamos unas seis mil lenguas diferentes. El noventa por ciento de ellas habrá desaparecido en los próximos cien años. Entonces llegará también el tiempo en que lo harán el inglés, el francés, incluso el español. El mundo será otra vez un origen en muchos sentidos. Yo no pienso en ello, yo sigo buscando a Miguel, aunque la policía hace tiempo que dejó de hacerlo.

Con afecto

Patricia

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