sábado, 21 de agosto de 2010

El Narrador Silenciado

I

—Buenas…

—Y santas.

Hacía ya unas horas y muchas leguas de llanura interminable que, aunque el caballo mantenía constante el ritmo del trote, el estilita permanecía siempre a la misma distancia, un poco por delante y un tanto a la derecha él. Para evitar el embiste del animal contra la columna, pensó. El poncho blanco empezaba a pesarle y sintió el sol como si se le clavara en la cabeza y se le metiera adentro.
—¿Tenés calor? —le preguntó el penitente.
—Es que prefiero la noche —le contestó él. Cabalgaba desde hacía días. Entraba en el sueño y cabalgaba. La cara de la enfermera se le agrandaba ante los ojos y sentía como un mareo y después cabalgaba.


II

—Antonio, ¿me escucha Antonio? —la enfermera se acercó y le habló. Sí, dijo o pensó, no estaba seguro. Agua, dijo después.
—No sé, pruebe usted —la enfermera miró hacia atrás por encima del hombro. El desconocido acercó una silla y se sentó. Agua, dijo él otra vez.
—Me parece que tiene fiebre —el desconocido le había apoyado la mano en la frente húmeda y ahora sacaba un pañuelo para secársela. Se parece al penitente, pensó él. Agua, creyó que pedía.


I

Cabalgaba al paso mirando a lo lejos, buscaba un caballo que enlazar para alivianarle al alazán la tarea de sostenerlo día y noche sin descanso. El santón oraba, lo hacía de pie sobre la columna. Él no se tiene que preocupar por estas cosas, pensó, y se puso a contar las reverencias que el estilita hacía mientras rezaba. Ochenta y cinco, ochenta y seis,…, noventa y dos; en la ciento seis se detuvo. Para que yo expíe mis pecados, pensó.
—¿Cómo se reza? —le preguntó.
—Para adentro.
—Ya me lo figuraba ¿Nunca baja de ahí?
—Nunca.
—¿Y cómo se las arregla con?
—Nunca bajo.


II

La enfermera estaba otra vez inclinada sobre él. Sentía que las sábanas le quemaban a la altura de la espalda. El desconocido permanecía sentado a su lado. Intentó alagar la mano. Quién sos, pensó que dijo.
—Está conciente —dijo la enfermera.
—No se esfuerce Antonio —alcanzó a escuchar.


I

—Se va a tener que esforzar si quiere llegar antes de que se desangre.
—Pero el caballo va reventar.
—Entonces se desangra nomás —dijo el santón y regresó a sus oraciones, esta vez de rodillas sobre la columna.

El caballo apuró el paso azuzado por él. Sabía que Zama tenía una oportunidad de vivir. Así lo había escrito, lo recordaba bien, le había dado una oportunidad a su personaje; aunque remota, le había dado una oportunidad: “Hunde los muñones en las cenizas del fogón. Si no te desangras, si te encuentra un indio, sobrevivirás”. Taloneó al alazán. Antes había mirado al costado, al río marrón y traicionero, al frasco medio sepultado en el agua; “Marta, no he naufragado”, leyó en el papel que flotaba en el frasco. Todavía flota acá el frasco, pensó, yo no lo escribí de ese modo. El caballo obedeció la orden. Él vio la polvareda al frente. Los soldados ya se van, dijo. Meté los muñones en la ceniza Zama que ya llego. ¡Ya llego!, gritó. El alazán se lanzó al galope, obediente. A lo lejos el cielo de polvo que levantaban los soldados se achicaba. En el río, el frasco cabalgaba a la par del alazán.
—Te bajaste —le dijo el santón.
—Fue por causa mayor —le contestó.
—Mataste al alazán.
—No aguantó más.
—Pobre animal.
—Concédame…—dijo de pie junto a la columna. El santón le arrojó una rienda.
—Ahí tenés mi cimarrón. Cuidalo.
—Para eso necesito ladero.
Monta y ve asentarse la polvareda a lo lejos.
—Zama se desangró nomás —le dice el santón, todavía de rodillas sobre la columna —Parece que va a llover.


II

El agua le calma el calor que siente en la cara.
—Bajó la fiebre —la enfermera enjuaga la esponja, la tuerce y le frota las muñecas y las manos.
—¿Usted cree que me escucha? —pregunta el desconocido. Tiene la misma cara que el santón, piensa él.
—No sé, algunos dicen que sí escuchan; yo no sé —responde ella.
—Antonio… ¿me escucha Antonio? —Sí, lo escucho, dice o piensa que dice y ve la cara del desconocido sobre su cara. Es el santón, piensa. Agua, quiero agua.
—Escucha. Venga enfermera, mire usted; escucha.
—Si usted lo dice.
—Antonio, no me afloje.


I

Abatidos los ojos por el aguacero se aferra al cimarrón. El santón se ha sentado
y ha bajado la cabeza. El agua le chorrea por las orejas, por los cabellos que se pegan a la barba de la que caen hilos de agua sucia. Esta vez el mareo lo ha acompañado hasta allí. No aflojo, yo no aflojo, pensó. El viento o un rayo lo tumban. Está de espaldas. El guardia lo levanta a punta de pistola. No hace falta el chumbo, piensa, si yo voy, si yo no me resisto, sacame el chumo, sacámelo. Lo conduce a un patio sin cielo. Lo coloca frente a la fila de soldados. Da orden de disparar. Los tiros resuenan en su cabeza. No cae de rodillas como en las películas que solía ver de niño, ni se aplasta contra la pared del fondo; se queda ahí como pegado al suelo. El guardia se ríe; no con los dientes, se ríe con la mirada. Es la tercera vez que simulan fusilarlo. Fueron cuatro en total. Todavía falta una, piensa. Por qué, piensa también. Las manos le tiemblan. Ya nunca dejarán de hacerlo.

—¿Y por qué te llevaron los milicos? ¿Te lo dijeron? —oye que le pregunta el santón. Él duda un momento. Nunca voy a estar seguro, piensa, a lo mejor algo que publiqué; si me hubieran dicho habría sufrido menos. Esta incertidumbre es la más horrorosa de las torturas, piensa también. Finalmente contesta:
—Asunto de polleras; me salvó una carta. En realidad me salvaron varias cartas, la de Heinrich Böll me sacó de ahí y las que le escribí a Adelma Petroni me mantuvieron vivo; ella las leía con una lupa y transcribía los cuentos, eran cuentos los que escribía, decía que eran sueños, pero ella entendía que eran cuentos; después los publicó. Ella también me salvó. Lo que no pude es olvidarme.
—Hablás mucho vos.
—No se crea. No me gustan los ruidos, ni el chamuyo en exceso. Traen accidentes, deforman las cosas. Traen sufrimiento.


II

—Intenta decirme algo ¡Enfermera! Vea, intenta hablar.
—Debe ser un reflejo.
—No. Intenta decirme algo.
—Si usted lo dice.
—Dígame Antonio. Dígame. No me haga pensar que Saer le marcó el destino con el título de aquel prólogo, que el pobre se va hacer sentir culpable y se va a tener que subir a un caballo a penar como Aballay. ¿Lo ve? Una sonrisa ¿Lo ve?
—Yo veo una mueca. Debe ser una contractura o algo así.
—No. Me sonrió. Entendió que bromeaba y se sonrió.
—¿De qué dice que se rió? No entendí.
—El narrador silenciado, así lo llamó Saer; el narrador silenciado. Alcánceme ese libro.
—¿Este?
—Sí. Lea.
—¿Qué?
—Que lea mujer.
—“El narrador silenciado. Las tres principales novelas de Antonio Di Benedetto, Zama, El silenciero y Los suicidas, en razón de la unidad estilística
—Eso no mujer. Déme. Acá, empiece acá.
La enfermera observa el índice que señala el primer párrafo y lee— El aeroplano viene toreando el aire. Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos desandan.


I

—Se sienten los olores del campo —el santón aspira un bocado de aire y se lo guarda un rato en el pecho.
—Y hace un silencio imperioso.
El santón ha estado tallando una rama. Primero la limpió de asperezas, después la fue moldeando despacio con el cuchillo paciente entre los dedos. Uno le sangra de un tajo limpio. Estira la mano y le ofrece la obra. Una cruz con un Cristo flaco hundido entre la corteza.
La arena es blanda”. Oye la voz de la enfermera entrando a su sueño, a su delirio, no sabe. No sé qué carajos pasa, piensa.
—¿Escuchó?
—¿Qué cosa? —pregunta el santón.
—No; nada, me pareció nomás. Caballo y carro deben estar cerca —dice y mira a lo lejos. El cimarrón olisquea el aire y se inquieta.
—Mirá que sos embromado. Escribir tanta amargura es lo que te debe haber secado a vos.
—No crea, estos son cuentos nomás.
La uña pisa ya la ciénaga salitrosa”.
—Pobre animal. Ahí va el puma.
—Ahí va.
Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como si mascara pasto”. La voz de la enfermera es monótona. Parece no sentir nada; lee mal, piensa. Mal escrito, concluye.
—Lo hiciste morir de hambre, pobre animal. Habría sido más piadoso que lo matara el puma.
—Hay cosas peores que las metáforas.
—Vaya si hay —dice el santón—. Ya clarea —agrega y le da la espalda—. El Ángel del Señor anuncio a María; y concibió por obra del Espíritu Santo. Dios te salve, María...

II


—“Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire”. Bueno, siga usted que a mí no me pagan por leer a los pacientes.
—Ahora estoy seguro; él escucha. Vea esa mirada. Escucha. ¿Usted lo conoce?
—¿Qué me pregunta? ¿No lo atiendo acaso?
—Sí, pero sabe quién es él.
—Un paciente.
—Un escritor. Un gran escritor.
—¿Sí? ¿Y lo que estaba leyendo lo escribió él?
—Sí.
—No me gusta, es triste.


I

—Qué triste che, tanta muerte junta. Qué obsesión la tuya. ¿Y de qué los hiciste morir a estos infelices?
—Yo no los hice morir, se suicidaron. La muerte puede ser también una irrealidad.
Caballo y columna caracolean entre los cuerpos. El caballo olfatea, arisquea, allí hay más que sólo muertos.
—Insisto. Qué obsesión la tuya —el estilita santigua los cuerpos, les echa bendiciones y rezos —no debería porque son suicidas.
—El hombre tiene derecho a decidir cuándo y cómo morir —explica él, pero el santón no lo escucha.
Los cadáveres van quedando atrás, ocultos por el polvo que levanta el trotar del cimarrón. Caballo y columna entran en la espesura de la llanura, vadean el pastizal.
Dispone de los cacharros debidos. Elige un desnivel del terreno que le sirve de mesa en tanto él pueda arrimarle el caballo de manera que, aproximadamente, se recueste en el borde. Sobre esa prominencia, no más alta que donde va la montura, hace un fueguito y caldea el agua”. Se le antoja matear.
—¿Un amargo? —dice mientras ofrece. El santón alarga la mano desde la columna, él desde el caballo.
—No a cualquiera se le suicida un pariente —dice como al descuido, para ver cómo reacciona él.
—No crea, nacemos con la muerte dentro.
—Está bueno —sorbe; se escucha el ruido del agua saliéndose de la yerba, entrando a la bombilla; unas gotitas verdes llegan a los labios del santón que alarga el brazo sobre los pastizales y le devuelve el mate— insisto en que es demasiada muerte.
—A lo mejor siempre es la misma —le contesta mirando cómo el animal explora los pastos, encuentra unos brotes tiernos y los masca.
—El suicidio es pecado.
—¿Sabía que la gente se suicida más en primavera y verano que en invierno?
—Estamos en primavera. La chica tenía la mirada para adentro.
—Estaba muerta.
—Debe ser por eso que miraba para adentro.
—¿Y ese de ahí atado con una cuerda a la lápida?
—Mi padre. Tuve que atarlo para educarlo. Se salió de la tumba y se la pasaba persiguiendo mujeres y cometiendo infracciones. Igualito que cuando estaba vivo. Así que lo até para que no se fuera demasiado lejos.
—Puedo verle los ojos pero no la mirada.


II

—“Puedo verle los ojos pero ha perdido la mirada”.
—Es que está inconciente —le informa la enfermera.
—Es una cita.
—¿Lo ve? Es como lo que dije. Escribe cosas tristes.
—No siempre.


I


—Lindo bosquecito.
New Hampshire. Me vine después de la cárcel.
—Eso no fue cárcel, eso fue la represión militar, che amigo. Me extraña que confunda.
—¿Se acuerda de las cartas que le dije que escribía cuando estaba preso?
—Sí.
—Bueno, con la guita que produjo ese libro me vine, también ayudaron los amigos. Al mediodía Caperucita Roja me traía una canastilla con el almuerzo. Tenía todas mis necesidades materiales cubiertas. Escribía todo el día y al atardecer cenaba pavo asado porque los yanquis no tienen vacas; pero tienen el fuego, el viento y la luz.
—Pero vivías encerrado.
—Vivía escribiendo.
—Encerrado.
—Usted no entiende.
—Sí que entiendo. La gente olvida rápido. A vos ya te olvidaron.
—Todavía no. Ahora lo verá.
—A dónde vamos.
—A Los Andes. Regreso a Los Andes.
—¿La cordillera?
—El diario.
—Nadie te espera.
—Creí que venía de chiste la cosa.
—No, no era chiste; era la realidad horrenda nomás.
—Me esperan. Ahí está mi escritorio ¿Los ve? Se acercan para recibirme.
—Te veo frotarte las manos con alcohol después de saludarlos.
—Una vieja costumbre.
—Una mala costumbre.
—Los crímenes se cometen con las manos, además el baño estaba en el otro piso.
—Sos hostil a la hora de mirar vos.
—Mis colegas me aprecian. Conseguiré trabajo. Volveré a ejercer.
—Tus colegas no te ven ni te escuchan.
—No es cierto.
—Te veo caminar entre ellos pero ellos no te ven. Ni al caballo ven.
—Seguimos con los chistes.
—Creí que te gustaban.
—Para leerlos, sí
—¿Por qué volviste al país?
—Porque me llamaron.
—Y por qué andás errando.
—No me renovaron el contrato. Razones de austeridad. Por eso me vuelvo al exilio. En realidad no importa, me gusta la soledad.
—En la noche hay soledad.


II

“La noche sigue…y no es hacia la paz adonde fluye”.
—Ya no puede escucharlo señor.
Sí que puedo, piensa él.
—Vaya con Dios, Antonio —escucha y mira aquella cara. Sabe que será la última vez. Que entrará al sueño y ya no volverá a salir. El desconocido se me parece, piensa.



I

—La noche es lo que sigue —El santón se ha parado sobre la columna y señala el horizonte donde la llanura va entrando.
—Y el silencio.
—Y la soledad.
—Sigo solo —dice él y mira aquella cara por última vez. Ojos secos. Boca para adentro. Se me parece, piensa.
—Vaya con Dios.
—En eso estoy —le dice, pero el santón no lo escucha, ha entrado en las ensoñaciones del Ángelus. Reza de pie, murmurando, ayudándose con el cuerpo. Inclina la cabeza y el tronco; y reza.

El cimarrón se hunde en los pastizales. El atardecer amarillea la llanura a lo lejos.



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