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lunes, 26 de enero de 2009

Beatriz en pantuflas: Accidentes de tránsito

Quién no chocó, o lo chocaron ¡Yo!, dirán muchos; yo era uno de ellos hasta hace un par de semanas.
Instrucciones para ellos, los que aún no chocaron:
1-No llame a la grúa porque necesitan sí o sí un celular para avisarle cuándo podrán ir porque están ocupados.
2-No pida un celular prestado e informe el número para que lo llamen porque con el tránsito, la ambulancia, la policía y los opinadores (que además no le sirven de testigos porque opinan pero no vieron nada) y, teniendo en cuenta que uno quedó medio tonto, si los de la grúa llaman no se escucha.
3-No espere porque la grúa no va a llegar, pida ayuda y empuje el auto. No llame para quejarse porque le van decir que ellos intentaron avisar que no podían ir a sacar el auto hasta las cuatro de la mañana del día siguiente y como usted no atendió la llamada, ellos se largaron porque justo tuvieron un ratito y sin saber bien la dirección, por lo que no lo encontraron, así que ahora se quedó sin servicio de grúa porque ellos lo brindan sólo una vez al mes por cliente y usted lo desperdició (no, no les importa que usted no atendió la llamada porque no escuchó por el ruido y además estaba hablando con la policía y subiendo a su madre a la ambulancia).
4-No intente hacer la denuncia del accidente desde el celular que le prestaron porque si el que se machucó en el choque no es un desconocido, es decir es, por ejemplo, su madre, no le toman la denuncia. En todo caso puede decir que su madre es su madre pero que es una desconocida porque lo abandonó al nacer y recién ahora se reencuentra con ella después de que se la encontró Andrea del Boca en la tele, en el programa ese que encuentra gente, pero bueno, no le garantizo que le tomen la denuncia aunque tal vez sí.
5-Dígale a la policía que no sabe quién es, ni cómo se llama, ni por qué está allí parado y finja divagar, así no tendrá que contestar preguntas ni llenar papeles in situ. Haga que alguien les diga que llevaron a un herido al SAMCO; así se van rápido.
6-Vaya a su casa y llame a un abogado, abogada mejor, las mujeres son más peleadoras (en el buen sentido, se entiende).
7-Evite conversaciones como la siguiente en su compañía de seguros:
—Con lo que me gusta pasar en rojo, paso en verde y choco, me dijo el que me chocó.
—Y cómo fue el accidente, señora.
—Yo pasé en verde, uno se me cruzó desde la derecha para doblar hacia la izquierda, frené para no chocarlo y hasta que arranqué de nuevo, cambió la luz, el que estaba en el semáforo no me vio y me embistió.
—La culpa es suya por estar detenida en medio de la avenida que además es ruta nacional.
—Pero yo no preparé el mate y me fui a tomarlo al medio de avenida, hubo un motivo por el que estaba parada en medio de la ruta nacional y no era turístico.
—Bueno, usted no se habrá ido a tomar mate a la avenida pero el otro pasó en verde.
—Yo también pasé en verde.
—Pero si usted arrancó, entonces la culpa es suya. Distinto hubiera sido que se quedara ahí, parada.
—Primero me quedé y miré ¿ cuánto tiempo tenía que quedarme a vivir en medio de la avenida para que la culpa no fuera mía?
—¿? —aquí, el genio mira un poquito desconcertado, después pone cara de estar pensando, finalmente dictamina— Esto sí es un accidente.
—Qué perspicaz.
—¿Disculpe?
—Nada que me pica
—Qué cosa
—Qué le importa
—Entonces, le decía que para mí, la culpa suya, pero no me haga caso.
—No le hago caso.
—No.
—Entonces no es un accidente
—Y sí, pero siempre debe haber un culpable.
—Que sea el otro, entonces.
—Pero pasó en verde.
—Yo también.
—Por eso este sí es un accidente.
—¿Le parece?
—Eso creo.
—Entonces ¿no es mi culpa?
—¿? Parece que no, pero no me haga caso.
—No le hago caso.
—No.
—Aaah, bueno, entonces es mi culpa pero no le hago caso, pero no es mi culpa porque este sí es un accidente pero no le hago caso. Me quedó claro, gracias.
—De nada.
8-Considere seriamente vender el auto y caminar, es más sano y evita que uno tenga que hablar con tarados, al menos tarados desconocidos, con lo parientes, bueno…son los parientes che, no los critique.
9-Agradezca a los amigos, siempre hay amigos, son esos que te dicen que los fierros se arreglan, que abren los celulares y toman las fotografías, que escriben por vos porque te tiemblan las manos, que te ayudan a mover el auto y que te hacen pensar, que después de todo, vale la pena hablar con tarados de vez en cuando, si esa moneda los tiene a ellos en la contracara.

Gracias (este gracias es privado, sólo para que lo lean: Gastón, Julito, Roberto, el Ale y Julian-no me equivoqué, este Julian se escribe sin acento-)

martes, 20 de enero de 2009

Beatriz en pantuflas:La moneda indecente.

Hoy lunes, o tal vez martes, no sé y poco me importa en estos días, afortunadamente alejada desde hace meses de las urgencias de mi estudio contable, de medir o por mejor decir dividir el tiempo según el calendario impositivo, al abrir mi correo me encontré con un grito desesperado, un alarido oscuro titulado Manifiesto del escritor Web enviado por una tal Pablo Paniagua, que harto de mendigar ser publicado tomó como quien dice el toro por los cuernos y creó su propio blog (como tantos otros) y dice entre otras cosas: “No tengo tiempo para entrar en ese proceso “kafkiano” de buscar un editor para mi obra, más cuando casi todo lo que se publica es un tipo de literatura consumible, destinada a un lector poco exigente y alienado dentro de un sistema que sólo busca un beneficio económico.” Dicho de otra forma se ha resignado o, tal vez espera (como tantos otros) “ser descubierto” en esa telaraña de escritos luminosos que titilan esperando que el azar los empuje (baje) al tan apreciado y poco accesible papel. Papel que algunos han optado por comprar y convertir en libros sobre los que se acumula el polvo mientras uno a uno son regalados, primero a los amigos y luego a quien tenga a bien tender la mano para llevárselo ¡gracias a Dios!
Paniagua agrega: “… el problema de fondo, a fin de cuentas, es que la literatura se está alejando del arte para acercarse cada vez más a un producto consumista, en una apreciación general hacia la baja que la desvirtúa y la despoja de sus valores históricos, para ser mostrada desde una nueva perspectiva que se transforma en ejemplo para las futuras generaciones.”, en fin, el lamento se eleva desde la red pero no es nuevo. Extraña mercadería ésta si la hay, la de la palabra escrita, escrita para divertir, informar, acompañar o abrir un debate, mercadería que por cierto no está al alcance de todos el poder ofrecer, mucho menos transformada en literatura, entendiendo a la literatura como arte. Pero ¿qué hay de la literatura como oficio?, escribir como oficio para ganarse la vida. El caso es que el tal Paniagua me recordó haber leído en La raza de los nerviosos de Vlady Kociancich una anécdota que prueba que el asunto este del dinero y la literatura es casi tan viejo como el mundo. Roma, año 64 d.C. Marco Valerio Marcial: Siempre que te encuentras conmigo Luperco, me dices “Te envío ya un esclavo para que le entregues tu libro de epigramas, que te devolveré cuando lo haya leído “. No hay por qué molestar a tu esclavo, Luperco. Mi casa está lejos, vivo en un tercer piso los escalones son altos. Puedes encontrar más cerca lo que buscas. Frente al Foro de César hay una librería. Búscame allí. Y no es necesario que lo pidas al dueño pues conoce mi fama. Te dará del primero o segundo estante un Marcial pulido con piedra pómez y adornado con púrpura, por cinco denarios. ¿”No vale tanto”, dices? Tienes razón, Luperco.
Escritores, ¡ah! los escritores, está tan arraigada la convicción de que escribir no es un trabajo, que provoca sorpresa y hasta desconfianza la sola idea de pensar que se pretenda cobrar por él, ¡cómo se atreven a suponer que podrán ganarse la vida de esa manera! El pan se paga con el sudor de la frente, es fruto del trabajo honrado, es decir cualquier otra actividad que no sea la de escribir. Está bien, muy, muy bien, que las editoriales y librerías ganen dinero ejerciendo el honrado comercio de libros en tanto se reserva para el escritor la gloria y la eterna deuda contraída por el favor que se le hace al publicar su trabajo (perdón dije trabajo, no lo hago más) ¡cómo se atreven siquiera a pensar en un anticipo que contemple los tres años dedicados a una novela, un anticipo que equivalga al sueldo que cualquier hijo de vecino cobraría por esos tres años de ejercicio profesional, u honrado y fiel servicio público ¡Inmorales! ¡Abusivos! ¿Se ríe? Qué bien, me gusta hacer reír.
Todo esto me recuerda que desde que no liquido impuestos, sueldos, aportes sociales y demás yerbas, hasta mis hijos (que tienen 14 y 10 años) me preguntan cuándo voy a volver a trabajar, mi hermana me mira con cara de lástima y lleva a los pobrecitos (es decir mis hijos) a tomar helados; mi hermano Gerardo me ha comprado un par de zapatos por mi cumpleaños, cosa que no había hecho nunca en estos cuarenta y tantos años que tengo.
Y cuando digo que la nena está en el cine me dicen “tenés que hacerle vivir su realidad” parece que la realidad sería que un honorario por una certificación de ingresos es un pago digno por un servicio profesional (perdón, PROFESIONAL) en tanto un pago recibido por un artículo, el episodio de una novela colectiva o la corrección de un texto, es una limosna y por lo tanto no debe desperdiciarse (en una entrada al cine, se entiende) y además no debe confiarse en que se repita (a propósito, cuando le pregunté, la nena me dijo que en la ventanilla de la boletería no notaron la diferencia cuando pagó la entrada).
Ahora le transcribo un párrafo de la Kociancich porque me arde el estómago ¿qué raro no? “En general y en cuestiones de dinero, las biografías de escritores prueban que son gente de carácter humilde pese a la extravagancia y los caprichos de los que se los suele acusar. Más importante que el puño con incrustaciones de piedras preciosas del bastón que necesitaba y compraba un Balzac endeudado hasta el cuello y al filo de la cárcel, era su aceptación de cualquier trato indigno con tal de ver concluida y editada La comedia Humana. El horror del silencio de un libro, como el de la página en blanco, siempre ha sido más fuerte que el miedo a la pobreza, que los autores combaten ejerciendo oficios para los que carecen de talento pero que nadie se resiste a pagar.”

viernes, 5 de diciembre de 2008

Beatriz en pantuflas: Día de la madre

El día de las madres comienza de día anterior que siempre es sábado. Uno se da cuenta porque puede verlas en el supermercado cargando el carrito como si la familia estuviese a punto de mudarse por una semana a un refugio anti-bombas o huracanes. Eso por la mañana. Por tarde comienzan los preparativos en el hogar dulce hogar. Entretanto, -digo entretanto la madre comienza a disfrutar por anticipado de SU DÍA batiendo la torta, mientras piensa en la entrada y el plato principal, sin olvidarse del postre-, los hijos envuelven (a escondidas) ese regalito que saben (con absoluta certeza) que ella espera con ansia y alegría; ansia y alegría que se verán reflejadas en su rostro cuando abra el paquete y encuentre… no, una alhajita no. No, tampoco un par de zapatos (menos de los buenos). No, no, tampoco. Encuentre… al abrir el paquete… ¡eso!, eso que a todas las madres les encanta, ¡eso! ¡sí!; a las madres no hay nada que les guste más que ser madres, así que ahora sí acertaron, ¡una plancha!, una maravillosa plancha de esas que parecen una nave espacial, llenas de lucecitas; una plancha o una olla pero no cualquier olla; esa olla de última generación, de teflón, antiadherente, esa que no se pega y cocina y también se limpia sola, sola. Para los respetan las tradiciones esas cosas raras no van, para ellos, primero la tradición, así que la mamá de los estos clásicos, al abrir el paquete encontrará…la infaltable plantita.
Y sí, a mamá le encantan las plantas: que se le secan, que se le pudren, que las pone en fondo donde nadie las ve. No, no es que esté cansada de 20 años de plantas, es que ella no tiene manos para las plantas, pero le encantan.
Después de todo, esas cosas (materiales) no tienen importancia, es por eso que nadie le pregunta qué le gustaría recibir, ni se toma el trabajo de tratar de adivinarlo. Es que todos lo sabemos: para cualquier mamá el mejor regalo somos nosotros, sus hijos. ¿Quién lo pondría en duda? Es por eso que le caemos en patota (con el paquetito en la mano), lo hacemos cerca del mediodía, restregándonos todavía las lagañas; lo hacemos por ella, para que vea y sienta que la queremos y tenga SU maravilloso e inolvidable DÍA DE LA MADRE.
Si mamá ya no está en este mundo, no importa, siempre habrá una hermana mayor o una cuñada (la buena); así que el domingo, el tercero del mes de octubre…
—Mamá, ¿qué quiere decir sinateo?
—No sé atendé que golpean. Si es el tío Gerardo decile que mire que pasa que no anda el timbre.
—Mamá el tío está mirando el timbre pero dice que qué hace después de mirarlo ¿qué quiere decir sinateo?
—Hay, no sé bajame el fuego del horno dale que se va a secar la carne.
—¿Quién cumple años?
—Nadie, nene, nadie cumple, es el día de la madre y viene tu tío a comer, y tu tía y tus primos.
—¿Y la tía Marina?
—También, también.
—¡Yo hoy no seco los platos ¡eeh! ¿y qué quiere decir sinateo?
—Hola Bea ya miré un rato el timbre ¿puedo pasar? ¿Qué te pasa a vos?
—¿Qué quiere decir sinateo Tío?
—Menos mal que llegaste Gerardo, andá al súper que me olvidé la coca para tu cuñada que sin coca no come.
—¿Qué quiere decir sinateo tío?
—Me parece que se quema algo Bea
—¡Mamaáaaa. Mamáaa! Tierra llamando a mamá, tierra llamando a mamá, tierra llamando
—¡Qué querés nene!
—¿Que quiere decir sinateo?
—Esa palabra no existe.
—El señor de la radio la dijo.
—El señor de la radio se llama de Diego y no la dijo.
—Sí la dijo, ¿el de Diego del noticiero?
—Sí. Gerardo andá al súper que cierra.
—El señor de la radio dijo la madre es el único Dios sinateo en la tierra
—En todo caso sería diosa, ¿no te parece sobrino?
—Hereje, lindo ejemplo para la criatura. Traeme la crema y ya que estás empezá a batir
—¿No me mandaste al súper?
—Ahora batí. Nene andá de Pucho que te de una coca después paso y le pago.
— Yo creía que diosas eran la de Tinelli.
—¿Y vos cuándo viste a Tinelli? ¿Te dije que si te pescaba..! Andá a buscar la coca para tu tía.
—No, ¡yo no vi!, me contaron los chicos en la escuela.
—Voy a ir a hablar con la maestra.
—¡No mamá que me van a decir marica!
—Hermana sabés que me gustan, pero no entiendo esta manía tuya de los fideos caseros. ¡Mirá que despelote!
—Yo sí. Si mamita estuviera acá y te escuchara. ¿No ves que así es como si estuviera?
—No, no veo ¿dónde?
—Siempre fuiste mal hijo vos, no respetás ni a los muertos ¡pobre mamita!
—¿Y mamá…que quiere decir sinateo?
—¿Trajiste la coca?
—Si ¿Qué quiere decir sinateo?
—¿Qué le regalaste a tu mamá Leo?
—Una planta así de grande, ¿la querés ver? ¡Mostrale al tío mamá, dale, dale!

jueves, 20 de diciembre de 2007

Beatriz en pantuflas: Las fiestas

Como en todas las familias, en la mía, hay un tío Pepe, un Carlos, un Néstor, una tía Negrita, un solterón, una sedienta de un antepasado ilustre, una que se arruinó la vida al lado del tipo equivocado (además de mí), una prima preferida, una lesbiana, un primo gay, la ligera de cascos (envidiada por la frígida, además de mí), un par de adoptados, algunos colados, un milico, un moralista, un soñador, un sordo y, mi viejo(a mamá no la nombro porque se sobreentiende que está oculta -aplastada- detrás de papá). Para ser exactos, aunque no rigurosamente (es que somos promiscuos y además descuidados), diecinueve tíos, los cuatro abuelos, dos bisabuelos y cuarenta y dos primos hermanos. Hechas las presentaciones, resta (o suma, uno nunca sabe) echarles un vistazo comenzando, digamos por lo más pintoresco, esa especie de concilio anual que protagonizamos con excesiva puntualidad: las fiestas.
En mi familia tenemos dos clases de fiestas: las de antes, y las de ahora. Las primeras, ni falta hace que lo diga, eran las mejores.
Lo primero que hubo que hacer antes de que yo llegara a este mundo fue repartirlas. No se cómo ocurrieron tales hechos porque yo no estaba, pero los resultados fueron: las navidades con los tuyos (es decir con la familia de mamá), y los años nuevos con los tuyos (es decir la familia de papá). Como podrán fácilmente notar, de entrada nomás, quedó planteado que existe un los tuyos y un los tuyos. Algo implícito y de lo que nunca se habla (en público, porque en privado... Pero ese es uno de nuestros secretos familiares).
Repartidas las fiestas quedaba lo más fácil. Pasarlas en familia. Bueno, quizás no sea lo más fácil, pero cuando terminaban, cuando regresábamos cada uno a su casa, habiendo comido (y discutido) bebido (y discutido) hasta el hartazgo, todos y cada uno, sin importar nada más, en algo estábamos de acuerdo: las fiestas son lo más hermoso de nuestra familia.
Nuestras fiestas comenzaban subiéndonos el veinticuatro (o treinta y uno, se entiende) a la madrugada, al auto. Eso con suerte. La mayoría de las veces, como la suerte es escasa en nuestra familia y ya la hemos acabado antes de llegar a Diciembre, subíamos al auto el veinticuatro (o treinta y uno) a-la-sies-ta. Para los que no tienen le placer de vivir en Santa Fe, bastan un par de datos: temperatura, algo así como cuarenta grados a la sombra y, humedad: setenta por ciento (con suerte) y sol, mucho, mucho y radiante sol santafesino, acuoso y blanco.
En mi familia los lugares en el auto son inamovibles y en orden de importancia, así que los niños (nosotros) ocupábamos el espacio (escaso) que sobraba luego de subir los cajones de cerveza, vino, sidra, el cordero (o lechón) -es que para papá, sin bichos no era fiesta-. Luego y sin excepción, mi hermana Nina se sentaba al lado de una ventanilla, es que la niña se marea y vomita; vomita incluso si la ponemos del lado de la ventanilla, pero así recibimos (con suerte) menos dentro, en caso de que papá no alcance a detener el auto a tiempo, cosa para lo que se volvió bien canchero, con la práctica, claro está. Con una ventanilla eternamente ocupada la primera pelea de las fiestas a brazo partido, es decir a tirones de pelos entre mi hermano y yo, era por la otra ventanilla, disputa que no concluía hasta después de algunos coscorrones por parte de mamá, quedando del lado disputado el que más aguantaba y subía último al auto, cosa para lo que yo nunca no adquirí mucha habilidad.
Después, amontonados dentro del vehículo, quedaban recorrer los casi trescientos kilómetros, para un lado o para el otro, dependiendo de la fecha que se tratara. El viaje, mejor imposible. Quien lo pondría en duda. Sobre todo el de los treinta y uno, sobre la ruta nueve, esquivando pozos, o agarrándolos cuando viene un camión de frente, que es lo que ocurre la mayor parte del tiempo.
Una vez en lo de los tíos: besos gritos y abrazos, con saltos si es veinticuatro, porque en la familia de mamá son todos escandalosos. Si es treinta y uno, la cosa es un poquito más tranquila. No es que en casa de papá sean menos escandalosos, es que cuando se pelean el enojo les dura años. Y no es que en lo de mamá no peleen, es que se olvidan rápido, probablemente para poder volver a empezar, un poco por costumbre, un poco para animar las fiestas. En definitiva, da lo mismo, sólo que es más divertido porque los enojos son siempre por algo distinto. Nunca el mismo del año anterior. Mucho menos el de diez años atrás. Eso hace menos monótonas las conversaciones sobre los demás, los que no están; se entiende.
Durante las fiestas las órdenes que nos impartían a nosotros se reducían a una y era fácil de cumplir. Los chicos no-de-bi-a-mos-a-brir-lahe-la-de-ra. “¿Está CLAROOO?!!!”. “Si mamá”. Por lo demás, vía libre, y, como nadie cumplía lo de la heladera (cosa de la que no se percataban después de beberse el primer cajón de los que sea) la pasábamos genial. ¡Qué fiestas! El tío Rúbe, pellizcando. Al tío Rúbe le gusta pellizcar y como no lo deben dejar, durante las fiestas pellizcaba a los sobrinos. Eso les daba unas vacaciones a sus hijos. Mis primos: agradecidos. Nosotros y los otros primos, huyendo, o, mejor dicho esquivando; es que el Rúbe aprovechaba cuando uno pasaba por descuido al lado suyo y te zampaba un pellizco en el lomo que te dejaba saltando.
Papá frente al asador, con el bicho resecándose, porque los asa en ocho o nueve horas, no menos, porque: “a-si-se-ha-ce”.
El tío Carlos, vinito tinto en mano prometiendo regalos para año siguiente. Y que nadie le toque su vaso, ni sus cubiertos, ni su plato y cuidado con su servilleta, y que no le vayamos a rozar los pantalones.
“Ves chiquito, hace tres años que tengo este pantalón y no tiene ninguna una mancha ¿Ves? No me vayas a tocar chiquito”. Chiquito éramos todos, mis hermanos, mis primos, o yo, daba igual. “El tío Carlos el año que viene te va a hacer un regalo. Pero el año que viene, acordáte, no me toqués los pantalones, chiquito”.
Librados de los adultos porque las mujeres se la pasaban en la cocina y los varones en el patio, eso sí, todos cocinando y sobre todo calmando la sed que en el verano acucia arrecia arrebata arremete y parece infinita, nosotros nos aliábamos con distintos fines. Primero: a ver quien le ensuciaba el pantalón al tío Carlos. Segundo: a ver si lográbamos que nos llevaran a tomar helados. Tercero: a ver si la tía aristócrata largaba algunas monedas para regalos. Cuarto: a ver si el tío Néstor nos compraba petardos (a esto siempre lo lográbamos, pero los tiraba él, porque el tío nos ponía como excusa para comprarse petardos sin que la tía Silvia le tire la bronca). Quinto: a ver si lográbamos tomar cerveza. Sexto: a ver si al día siguiente nos llevaban al río.
Hubo una nochebuena que la pasamos en el sanatorio. Uno de mis primos nació un veinticuatro. Llovía a baldes y el tío Coco había llevado la sidra y tomaba mientras esperaba. Cuando la enfermera salió el tío le dijo: “que nene feo, ¿está segura de que es el mío? ¿no hay otro?” La enfermera le contestó que no había nadie más que nosotros y le dio el chico. Yo tenía seis años y por esa frase me la pasé teniéndole lástima a mi primo varios años hasta que me avivé que era una broma. No aquello acerca de que si era feo, sino eso de si no había otro.
En aquellas reuniones la abuela era la única que permanecía sobria, pero no por prudente. Es que a ella lo que más le gustaba era arruinarle la fiesta a los otros.”Juicio. Juicio”, solía repetir una y otra vez fresquita y alerta desde la cabecera de la mesa. Por suerte nadie heredó la costumbre de usar indiscriminadamente la palabrita. Aunque no hizo falta, porque la vieja la dejó en el aire y aparece ni bien te querés relajar sirviéndote un vasito de más. “Juicio. Juicio”. Si, abuela, si: juicio.
Después de las doce caían los vecinos, a la casa le entraba a faltar el aire y a los chicos nos mandaban a dormir. Dormíamos todos en la misma habitación, en las cuchetas y en colchones desparramados sobre el piso. Era lo más hermoso de las fiestas. Escuchar a los grandes reír y hablar hasta dormirnos con las luces de la calle prendiendo y apagándose.
Los treinta y uno se le parecían, pero con menos gente tirada durmiendo en cualquier lado, menos ruido, y con el abuelo sentado a la cabecera de la mesa. Lo ponían ahí al pobre y no le quedaba otra que dejarse venerar por unas horas iluminado por el arbolito y teniendo que pedir que le sirvan porque a él lo ponían a la cabecera pero a las botellas las ponían donde se sentaban ellos.
Las fiestas de ahora son mucho más tranquilas y mucho más fáciles de describir. Nos sentamos a la mesa el veinticuatro (o treinta y uno), los cuatro gatos locos que vivimos en la misma ciudad y recordamos durante horas aquellas otras, las viejas, porque si no, las doce no nos llegan nunca, y es una vergüenza que nos vayamos a ver televisión.